Una paz rusa

  • Ojalá hasta la celebración de la Pascua Ortodoxa, fiesta religiosa muy importante en Rusia, se firme un acuerdo de paz. Al menos por un tiempo. Una paz rusa, desde luego.

Después de la crisis ucraniana de 2014, de la ocupación rusa de Dombás y Lugansk, Holanda rechazó, con un referéndum, el preacuerdo de adhesión de Ucrania a la Unión Europea. Entonces, como ahora -escribo esto a 5 de marzo de 2022-, se puso sobre el tapete el mismo tema: ¿Qué hacer con Ucrania?, país atacado, miles de refugiados, etcétera. Curiosamente, ahora es Holanda quien se muestra muy activa en enviar material de todo tipo, incluido militar, a este país de la Europa del Este.

Uno, nacido en la Unión Soviética, estado creado artificialmente y de manera brutal, puede entender fácilmente que estas cosas no se hacen así. Como hace cien años, Ucrania sigue siendo un país sin fronteras definidas. ¿A quién admitir en esta otra unión, la europea?

En situación similar se encuentra Moldova: no está muy claro qué pertenece a ella y qué territorios son de Rusia que, en cualquier momento, los puede reivindicar a disparos de cañón.

Desde el referéndum de Holanda han pasado unos siete años en los que muy poco ha cambiado; unos presidentes en Ucrania, Zelensky por Poroshenko y Maia Sandu por Igor Dodon, en Moldova.

En Rusia, el asegurado con grandes clavos Vladimir Putin, ofrecía al mundo entero sus mil caras: el Putin pintor, tocando el piano, pilotando helicópteros, haciendo puntería con Kalashes modernos, vestido de marino, montado a caballo enseñando pectorales, nadando, deportista, jugando al hockey, amigo de Silvio Berlusconi y de Gerhard Schröder, felicitando a las mujeres rusas con ocasión del Día Infernacional de la Mujer.

Todas estas estrategias de camuflaje, aprendidas en la escuela soviética que adiestraba a todos los muchachos en el uso de las armas; perfeccionadas, más tarde, en idas y venidas por los laberínticos pasillos del KGB; heredadas de sus antepasados que transitaron, durante su vida, cruentas guerras y privaciones de todo tipo; todas juntas las utiliza ahora en montar ese gigantesco teatro bélico en tierra, mar y aire, en el espacio cósmico y en el ciberespacio, en los mercados infernacionales y en el suyo propio. Dentro de Rusia el estado se ha encargado de subir enormemente los precios de los productos de primera necesidad para que a los rusos no se les ocurra lanzarse a comprar desesperadamente, lo que conduciría, inevitablemente, al aumento del pánico.

Estos movimientos a gran escala sirven, sobre todo, para impresionar, infundir miedo, despistar y confundir, pero también para conquistar territorios y quedarse con ellos. Algunos hablan de guerras, sin embargo, Rusia solo pisa esta tierra, entra a saco porque sabe que nadie tiene cojones de plantar cara a un golpe tan brutal. La posición de Alemania hoy es ambigua. Recordemos que en el verano de 2011 se firmó una interesante alianza ruso-alemana, estableciédose entre los dos países relaciones no sólo a nivel comercial sino también cultural, científico y humanitario. Se acordó incluso celebrar en 2012 el año de Rusia en Alemania y en 2013 el año de Alemania en Rusia.

Una parte de Europa vive, en estos días, la amenaza de una invasión rusa. Francia, con la excusa de aplacar a Putin, intentó enchufarse al trato, pero recibió largas y entonces decidió enviar armas. Sea como fuese, Putin, el de las mil caras, no se ha planteado una acción bélica larga y extenuante. Solo esto nos puede salvar de esta locura: su propia cordura. Ojalá hasta la celebración de la Pascua Ortodoxa, fiesta religiosa muy importante en Rusia, se firme un acuerdo de paz. Al menos por un tiempo. Una paz rusa, desde luego.

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