Orgullo moldavo

Ahora es cada vez más evidente la tendencia de cuestionar lo que antes a nadie se le hubiera ocurrido poner en entredicho. La humanidad parece sentir un vivo deseo de transformarlo todo en preguntas e incertidumbre, de todos parece haberse apoderado una especie de inquietud existencial, cada uno parece vivir una aguda crisis de identidad que muchas veces sólo se imagina pero que trata de destacar con implacable tozudez.

Tras la desmembración del espacio soviético, a principios de los años 90 del siglo pasado, los moldavos  se apresuraron a declarar su independencia, reconocida sin demora por el mundo entero, aunque muy pocos tuvieran una idea clara acerca de quienes son los moldavos ni donde se encuentra ese rincón de la bola terrestre que ellos habitan. También lo hizo Rumanía, celebrádolo como si de algo excepcionalmente glorioso para su propia historia se tratase, pese a que fuese esa parte precisamente la que había sido amputada de su cuerpo un par de siglos atrás.

Y a partir de ese instante, -el de la declaración de la independencia-, ruidoso a nivel local y de nula trascendencia internacional, no digamos universal, todo fue rodando de una manera absurda como en una obra pésimamente escrita: se puso en marcha urgentemente una moneda que se desvalorizó a pasos agigantados en pocos años; la antigua industria agraria se hundió y no se tomó ninguna medida para sustituirla por otros medios de producción; la población apta para trabajar abandonó despavorida su tierra natal, marchando en busca de otras fronteras y de ilusiones que pocas veces se cumplen; se celebraron innumerables elecciones que no aportaron ningún cambio y que sólo agotaron el ya paupérrimo erario público, alimentado con préstamos; desfilaron por el escenario político alianzas grotescas, aparecieron y desaparecieron carnavalescos partidos, surgieron candidatos raros que se esfumaban a poco de alzarse con la victoria electoral. Total, que una inagotable y abigarrada serie de despropósitos ocupó todos y cada uno de los ámbitos -político, económico, social y hasta cultural-, lo que se podría explicar por una sola razón: este pequeño territorio nunca fue independiente y sus ciudadanos no tenían ni la más remota idea de cómo había que manejar una soberanía. Había pertenecido al espacio histórico y geográfico poblado por los rumanos y su existencia como estado la debía a un imperio que desde hace más de tres siglos se dedica a ampliar su área todo lo que puede: el Imperio Ruso.

Moldova está desnortada por completo y como ocurre con quienes ya no tienen nada que perder parece que se enorgullece de ello. La población en su mayoría piensa y afirma, satisfecha y arrogante, que la lengua que habla es también moldavo, un rumano muy rusificado léxica y fónicamente que usa todo el mundo, desde el ciudadano común hasta cantantes y políticos.

Los rusos, como cualquier otra nación engordada a base de embuchar territorios extraños, se pasaban por la suela de las botas las costumbres, las tradiciones y los sentimientos de la población cuya tierra pisaban. Lo mismo que un rinoceronte aplasta al andar miles de insectos y bichos en cuya existencia no repara por ser minúsculos, intrascendentes. Las autoridades rusas se instalaban cómodamente en los despachos de la burocracia local y de manera totalmente indolente y autista, asistidos por nativos solícitos y prestos a colaborar, se ponían a introducir cambios en la administración, renombrando calles, traduciendo apellidos o adaptando topónimos a la pronunciación eslava. De ese modo Grădinaru (Jardinero) se veía transformado en Sadovnik, Ciubotaru (Zapatero) en Sapozjnik, Chobanu (Pastor) en Chebanov o Chebanenko. De haberse producido una ocupación rusa de España, por ejemplo, el hecho no habría acarreado reformas de ninguna clase salvo un estancamiento enervante en el desarrollo y aberrantes modificaciones lingüísticas y onomásticas; los Lopez hubieran mudado en Lópesev, los Gonzalez en Gonzalenko, los Pastor en Pastorov, los Zapatero, Carpintero, Molinero, Sastre en sus respectivas equivalencias eslavas y para llegar a Toledo los turistas extranjeros buscarían en el mapa Toledovka.

Este es el espacio que los moldavos han heredado: un país redefinido, transgénico, con un pesadísimo bagaje de contradicciones y absurdidades que el moldavo pretende tapar disfrazándolo todo de una arrogancia patética. De modo que mucho ojo con decirle que la lengua que habla es el rumano, uno de los romances salidos del latín. Puedes irte preparando para probar una hostia postsoviética. Y esto duele. Y con todo el derecho del mundo, pues este moldavo vive en un estado independiente, con fronteras y todo, reconocido como tal por otros estados, y sabe muy bien que las lenguas deben llamarse según el país donde se hablan.

Hoy por hoy, el hecho no llama mucho la atención; podría parecer insignificante y hasta ridículo. Sin embargo, en un futuro no demasiado lejano tal vez, el modelo moldavo de pronto podría ser digno de imitarse sobre todo por aquellos que se sienten agobiados, acomplejados o abochornados por un pasado en que se formaron pero del que no formaron parte, inventándose de la noche a la mañana nuevas identidades culturales, lingüísticas o estatales más acordes con la nueva etapa de evolución en que se encuentran, con su manera de ser en cierta época y sobre todo con su modo particular de verse en determinado momento. El precedente ya existe, está creado.

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