¡Estorban ustedes!

Otra vez. En la vida todo se repite, sobre todo los actos miserables. En plena época pandémica, en el octavo o noveno mes desde que comenzara la expansión del Covid por Europa, cuando todos, profesores que se queman las retinas delante de pantallas de ordenador dando clases a distancia, médicos de la sanidad pública que atienden a los pacientes en los hospitales arriesgando su propia salud, trabajadores en los andamios, pequeños y medianos empresarios que hacen lo imposible por sacar adelante su modesto negocio, cajeros y cajeras en los supermercados, cuando todos, recalco, luchamos contra el virus, los políticos lo único en que piensan es en organizar y en ganar elecciones.

El presidente francés Emmanuel Macron, al siguiente día de celebrarse el escrutinio, o sea inmediatamente después de reunir a millones de franceses en las urnas, exhortados con sedantes discursos para que fueran a votar, fijaba multas muy gordas para aquellos que se juntasen más de cierto número en un solo lugar. En Rumanía, tras los comicios locales de otoño de este año 2020, el número de contagios se multiplicó por tres o cuatro en una semana. Y eso que los médicos, horrorizados por tamaña irresponsabilidad, lo habían ido advirtiendo a voz en cuello durante meses. ¡Pero quién oyera a sensatos, prudentes y sabios!

Sin embargo, el problema no es este. Por supuesto que hay que votar, a pesar de las pandemias. Los desastres se combaten marchando hacia adelante, poniendo al mal tiempo buena cara. La actividad crea energía allí donde empieza a faltar y el aliento que pierde uno se recupera en otro. Venía a decir Miguel Delibes que lo que hacen mal algunos, lo reparan otros haciéndolo bien.

Creo que todos nos hemos fijado en que, allí donde ejercemos cada uno nuestra profesión, empresa, hospital o instituto, las chapuzas difícilmente pasan desapercibidas. Alguien, tarde o temprano, ha de reparar en ellas, las ha de señalar y ha de remendar el daño. Pero si hay más chapuzas que cosas bien hechas, entonces se tarda demasiado, su número empieza a ser demasiado grande y su corrección se vuelve harto difícil, si no imposible. Y mucho me temo que sea esto precisamente lo que estamos haciendo entre todos: nos dedicamos a corregir las chapuzas que lanzan sobre nosotros unos políticos que han formado un grupo a nivel mundial. Y por muy poco numerosos que sean en comparación con nosotros, los miles de millones de nadies anónimos que nos deslomamos trabajando, quebrándonos los sesos para poner un poco de orden en la lluvia de disparates que nos llegan desde arriba, no lo logramos porque son excesivos. En Rumanía no pasa ni un solo día sin que desde la clase política actual en el poder, de pretendido corte liberal, fomentadora de un capitalismo nauseabundo y herético, sepultador de toda moralidad humana, cristiana o atea, nos inunden con despropósitos y aberraciones a cántaros. Y en todo este océano del absurdo nosotros, los últimos de la fila, los que cerramos la cadena, debemos organizar y ordenar el galimatías para dejar las cosas más o menos bien hechas. Yo no les puedo decir a mis alumnos y a sus padres, por poner un ejemplo, que la causa de tal o cual barbaridad hay que buscarla en las medidas que tomó el Ministerio de Educación. Eso a nadie interesa, y con razón puesto que a mí también me trae sin cuidado que la eficacia del médico, del policía o del funcionario, en fin, de cualquiera que me atiende, dependa de alguien de niveles más altos.

Ganó las elecciones del otoño una coalición chabacana, de pésimo gusto, formada por un grupo de partidos –o partidillos– invertebrados como sus propios representantes, que apenas logró sacar una mayoría débil, ridícula, completamente irrelevante sobre un solo partido que había estado en el poder hasta entonces. Formaba parte de esta coalición un exalcalde y expresidente durante muchos, interminables años llenos de pesadillas, contaminando con sus apariciones de mal efecto la vida pública sin que nadie le molestase, contando sus hazañas de estraperlista durante la época del dictador fusilado y jactándose de ello sin disimulo en entrevistas televisadas, disparando contra nosotros a bocajarro carcajadas primitivas y cavernícolas. La coalición de la que forma parte este siniestro personaje harrypotteriano propone las mismas medidas para salir de la crisis que puso en la práctica él mismo durante su permanencia de mala hora en el poder: recortes salariales drásticos. ¡Otra vez! A las toneladas de miserias que nos envían desde lo alto que nosotros, los de abajo tenemos que limpiar con nuestro trabajo para que este país no deje de funcionar y siga adelante, se suma la disminución del sueldo.

En esos momentos es cuando pienso que los que trabajamos duramente, poniendo orden en el caos que nos tocó arreglar, no precisamos ni de clase política ni de gobiernos para cumplir con nuestro deber. Lo podemos hacer perfectamente prescindiendo de ellos. Es más, sin ellos lo haríamos mucho mejor. Y no sólo es que no ayuden en nada sino que además estorban.

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