Vergogne, France! Vergogne!

El follón que se ha montado en torno al incendio de la Catedral de Notre-Dame de París podría tener un  lado tierno si no presentara también sus aspectos vergonzosos, incluso feos.  Francia, país que a lo largo de su historia ha quemado casas en otras tierras, que ha sometido a prueba de sangre y fuego a otras naciones no ha sido capaz de apagar un fuego en su propia casa. ¿Y qué fuego, Dios mío, qué fuego? Un fuego en que ardían símbolos cristianos.

Y ahora Francia llora su pena, para cubrir su verguenza. Nos pide a todos que colaboremos para reconstruir un monumento situado en París, un monumento que ahora resulta que es de todos. Resulta que me pertenece también a mí, pobre diablo nacido en la Unión Soviética, país quemado sin fuego pero de manera muy eficaz y desaparecido a finales de los años 80 del siglo pasado.

Sí, resulta que también es mía la Catedral de Notre-Dame, que me pertenece también a mí, a quien me cobran muchos euros para visitar cualquier museo francés u occidental. Si es de todos nosotros lo que hemos creado, borremos las fronteras, dejemos de pagar peajes, entremos libremente a disfrutar de la belleza cultural y económica de los países que ahora son ricos también porque otros se han quedado en la pobreza.

Y ahora ¡Emmanuel Macron!, un presidente nacido del hartazgo que sentimos todos hacia la clase política, y que viene a demostrar la casi inutilidad de su existencia en nuestra sociedad porque, con o sin ella yo seguiré despertándome cada día a las 6 de la mañana para ir a mi curro, como he hecho hasta ahora; con o sin esa clase política yo seguiré pagando mis impuestos y para poder pagarlos seguiré trabajando igual que he hecho hasta ahora.

Pues bien: el señor Emmanuel Macron, en un discurso lacrimoso pide la ayuda de todo el planeta. Nos pide cuartos, esos cuartos que ellos se encargan de quitarnos, disfrazando el robo en la subida de precios o llamándolo tasas.

Yo, que he vivido en dos sociedades distintas, una sociedad socialista (o comunista) y otra capitalista, he aprendido que el capitalismo también acude de vez en cuando al pueblo para pedirle favores pero sin ofrecer nada a cambio. Señor Macron, ¡ofrézcales usted entrada libre en los museos franceses a todos los turistas que visitan Francia durante un mes, una semana o un día siquiera! ¡Haga algo también usted, señor Macron! ¡Tenga un gesto, un detalle, no sé, algo!

Llorar por una pérdida de este tamaño es justo, sí. Sin embago también hay que ser consecuente. Menos burla, entonces, menos Charlie Hebdo, menos caricaturas religiosas. Reconozcamos también nuestras debilidades, aprendamos también a pedir perdón por los errores y sólo después pidamos dinero. Hubiera sido un gesto monumetal, del tamaño de la Catedral de Notre-Dame, que Emmanuel Macron hubiera dimitido como Presidente de una Francia que no fue capaz de proteger de las llamas del incendio la corona de espinas de Cristo.

Bueno, a ver, nadie pretende tampoco sacrificios inútiles. ¿Qué habría solucionado esa dimisión? Evidentemente nada. Hay que reponerse para volver a construir lo destruido pero hay que hacerlo sobre otras bases. No olvidemos que Jesús no quería que levantáramos iglesias y templos. Y sin embrago, ya que hemos decidido levantar catedrales, hagámoslo con miedo, prudencia y humildad, y no con prepotencia olímpica. Si hemos decidido construir símbolos de nuestra fe en Dios, no blasfememos luego, no caricaturicemos, no hagamos otra vez el payaso. Protejamos estos símbolos como algo sagrado porque es posible que no haya quien pueda detener su destrucción total un día.

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