La felicidad no es de este mundo

 

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Nací, crecí y me eduqué en el mundo de una cultura desaparecida: la cultura soviética. Esa cultura pretendía romper con el pasado y crear sus propios valores. Su principal propósito era hacer que el pueblo creyera en su porvenir luminoso. Desde este punto de vista podríamos decir que era una cultura optimista. En los libros los conflictos se solucionaban de forma positiva; en el arte pictórico predominaban las actitudes enérgicas, intrépidas y exitosas; en las películas el hombre salía siempre victorioso en su lucha contra las adversidades de la vida. Todo ello respondía a un solo objetivo: después de leer un libro, de ver una película, de contemplar un cuadro el hombre debía sentirse más animado, abierto de alas.

La cultura soviética no admitía creaciones tristes, personajes desencantados, cohibidos, borrachines, degenerados o marginados. Es decir nada que pudiera destruir en el hombre la esperanza, la fe en una vida feliz. Por lo tanto, escribir, y sobre todo, publicar libros como “El extraño” de Albert Camus, por poner un ejemplo, en la cultura soviética era algo impensable porque eran considerados subversivos y peligrosos. Un tipo que mata con cinco disparos de revólver a un árabe armado con cuchillo y no sabe decir exactamente por qué lo ha hecho, y que, por consiguiente, es juzgado y condenado a muerte aunque no es precisamente un criminal porque no queda claro si lo hizo en defensa propia o premeditadamente. ¿Qué clase de rompecabezas es este? La cultura soviética no admitía líos absurdos: un individuo que no sabe por qué ha cometido un crimen, que no cree en Dios ni en el Diablo, que no sabe por qué se casa, que después del entierro de su madre va al cine tan tranquilo. Y tampoco queda muy claro si le condenan por lo que hizo o por cómo es ya que todos los testimonios están en su contra: haber ido a ver una película cómica el día después de haber enterrado a su vieja madre, haber fumado y tomado un café con leche junto al ataúd, etcétera. Un texto así habría desconcertado mucho al lector soviético, acostumbrado a las respuestas claras porque para él sólo las respuestas claras daban sentido a la vida. Libros así, pues, en la cultura soviética eran inaceptables.

En “El Idiota” de Dostoyevski, delante de una copia del cuadro “El cuerpo de Cristo muerto en la tumba” de Hans Holbein el Joven, colgada en casa de Parfeón Ragozjin, en Sankt Petersburgo, el príncipe Myshkin murmura pensativo que obras así matan la fe. Y entonces Parfeón Ragozjin pregunta al príncipe si cree en Dios. La pregunta es breve pero cargada de tensión.

La cultura soviética sustituyó la imagen de Dios por la imagen del hombre lleno de energía vital, un hombre que lo hacía todo con sus propias manos, estaba orgulloso de los modestos frutos de su trabajo y transmitía una alegría de vivir auténtica, real, sana y contagiosa. La felicidad en la cultura soviética era de este mundo, estaba aquí y se podía aprovechar mientras dura la vida. ¿Por qué no duró, pues, esa cultura, aparentemente tan positiva y tan optimista?

Conforme lee el libro de Camus, uno tiene la ilusión permanente de que, a pesar de todo, el personaje se va salvar. La luz del Mediterráneo, el calor del sol, la hermosura del cuerpo de Marie, la expectativa de un empleo mejor pagado en París parecen, en efecto, promesas de un futuro mejor. Y, sin embargo, el personaje no parece desearlo, lo rechaza. La lectura acaba en una desilusión sin escapatoria.

En la cultura de la desilusión, que Occidente ha sabido aprovechar con éxito, al hombre no se le concede ese lugar especial que le concedía la cultura soviética.  Su papel es de modesto contribuidor al enriquecimiento y al poder de otros. La cultura de la desilusión –la occidental- también promete esperanzas pero se encarga de destruirlas porque este es, curiosamente, el motor de su duración, de su pervivencia. Al contemplar el cuadro “El cuerpo de Cristo muerto en la tumba” de Hans Holbein el Joven, el hombre occidental podría sentir el fracaso total de la fe, sí. O bien podría ir más allá y resucitar a Cristo con una fe aún más fuerte. Porque en la cultura de la desilusión –la occidental- la felicidad no es de este mundo

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