Fiodor Dostoyevski y Lazarillo de Tormes: Cuestión de salsa

A Dostoyevski le preocupó sobremanera la ofensa que podríamos causar a los semejantes al ofrecerles generosamente nuestra ayuda. Muchos la aceptan de buen grado pero hay algunos que pueden sentirse humillados o, cuando menos, ofendidos. Y lo describe minuciosamente, cada vez que alguien se propone hacerle un favor a su prójimo que se encuentra en una situación, digamos, delicada. ¿Cómo proceder sin herirle el orgullo, sin mermarle la autoestima? El autor ruso llega a desarrollar auténticos tratados de psicología, tomando como sujetos de los mismos a sus propios personajes. No obstante, los escrúpulos del propio escritor al abordarlo son tantos que casi nunca termina por ofrecerle al lector una solución tranquilizadora, acongojándole y atormentándole sin cesar.

En „Lazarillo de Tormes” hay una escena muy curiosa que bien podría valer como ejemplo de sutileza narrativa de otros tiempos en que el autor no sólo expone sometiendo a nuestra atención un enredo psicológico a primera vista difícil de conciliar, sino que lo soluciona, despachando la cuestión en poco más de media página. Se trata del fragmento de la uña de vaca. Lázaro, el criado, un muchacho de apenas doce o trece años, no sabe cómo arreglárselas para convidar a su pobre y desdichado amo, aún más hambriento y más desventurado que él por culpa de un agudísimo sentimiento de honra que le impide manifestar y poner en práctica deseos que no están a la altura de su presumida posición social, a compartir con él la merienda recibida en limosna. Su anónimo creador, poco partidario de complicarles la vida a las criaturas de su ficción sondeando sin parar su maltratada psique, les echa cariñosamente una mano. Todo queda resuelto con mucha gracia y admirablemente en un par de fragmentos y con unas líneas de diálogo. Amo y criado, hambrientos como andaban los dos, seguramente desde que sus madres los trajesen a este malaventurado mundo, aviénense a deleitarse juntos con aquel frugal bocado que en ese momento les sabe a exquisito manjar de reyes. El señor de Lázaro, al paladearlo transido por un arrobamiento gastronómico, alaba la salsa con que fue cocida la carne, aventurando con fruición una muy precisa consideración culinaria al respecto. „Con la mejor salsa lo comes tú”, piensa Lazarillo en respuesta, poniendo así punto final a la secuencia.

La mejor salsa es el hambre, claro. El relato, aunque bien triste, está bañado en una luz cálida de humanismo y bondad que aquel autor desconocido de hace más de cuatro siglos vierte sobre los héroes que su pluma ha engendrado. No somos, con todo, demasiado complicados, los seres humanos, parece que intenta sugerirnos. Podría ser, tan sólo, cuestión de salsa. Su actitud frente a una situación aparentemente embarazosa es risueña y el lector lo agradece también sonriendo

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