Daria Dúguina

Daria Dúguina: inocentes y canallas

  • ¿Qué nos espera? ¿Cuál es el siguiente paso?

Hay quien que se alegró con la noticia de la muerte de Daria Dúguina, a juzgar por los comentarios en las redes sociales. Y no son ucranianos, no han perdido a ningún ser querido en la guerra ni han sufrido sus efectos en su propia carne. Y uno no deja de preguntarse, bastante perplejo, ¿en qué mundo vivimos?, si esta es esa sociedad civilizada hacia la cual nos estamos dirigiendo.

Se mire como se mire, el asesinato de Daria Dúguina es un acto terrorista en toda regla y quien lo organizó sin duda sabía que no iba a aportar nada positivo a la solución del conflicto ruso-ucraniano.

¿Sin embargo, murió Daria por ser la hija de Alexandr Duguin, filósofo ultranacionalista muy poco conocido fuera de su país hasta hace poco, que en Occidende consideran ideólogo del Kremlin e inspirador de guerras imperialistas?

(DIré, entre paréntesis, que no creo que los políticos -ni en Rusia, ni en los Estados Unidos o China- necesiten de ideólogos que los inspiren a actuar; sus musas son sus propios intereses. Siempre.)

No obstante, inocentes no hay. Daria Dúguina sabía muy bien en qué se metía; en su país, a nivel mediático y también en el corazón de muchos rusos y muchas rusas, la imagen de heroína le estaba garantizada y eso para una joven como ella no era poca cosa. Resulta del todo extraño, sin embargo, que los de Federalnaya Slujzba Bezopasnosti de la Federación Rusa no les pusieran una escolta, por evidentes razones de seguridad, a ella y a su recién afamado padre llamado, además de ideólogo, el cerebro de Vladímir Putin, un cerebro al que al presidente ruso no se le ocurrió ofrecerle ninguna protección.

Sea como fuere, el conflicto ruso-ucraniano se encuentra ahora en la fase de un encanallamiento generalizado que se va extendiendo como la pandemia. Ya no puedes condenar un acto de violencia en sí -colocar bombas en coches es un atentado al más puro estilo mafioso- porque te expones al odio de otros que ven víctimas solo en el bando que les conviene.

Y uno, que no es inocente, pero tampoco se ha transformado aún en canalla, se pregunta ¿qué nos espera y cuál es el siguiente paso?

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