Costumbres viejas en tiempos nuevos

  • Costumbres viejas que creías totalmente desaparecidas y superadas han vuelto a aparecer en estos tiempos nuevos que llamamos democráticos.

El abuelito de „La sonrisa etrusca” de José Luis Sampedro es todo un personaje. Luchó contra los nazis en la II Guerra Mundial como un partisano de la resistencia italiana; conocía bien el campo, el sabor de un queso auténtico, de las castañas y del vino de la tierra. Había tenido durante toda su vida lo que se podría llamar  “vergūenza masculina”, es decir que había cumplido bien con su trabajo de hombre. Las mujeres de ese tipo de hombres solían tener „vergüenza femenina”, es decir que cumplían sin quejarse con todas sus tareas de mujer. Esas mujeres no dejaban que sus hombres hicieran la compra, por ejemplo. Un hombre podía pagar la compra o cargar con cosas pesadas, pero no podía dejar que lo vieran llevando a casa una bolsa de alimentos. Estas dos “vergūenzas”, la masculina y la femenina, eran importantes en sociedades con un reparto claro de las obligaciones respectivas, como es el caso de la sociedad italiana que describe Sampedro en su obra.

Antes las cosas funcionaban así. El sentimiento de vergüenza mutua equilibraba la balanza y nadie explotaba a nadie.

Mi abuelo, por ejemplo, hacía él solo todos los trabajos más duros del campo. Cuidaba de la viña y hacía el vino, podaba los árboles frutales y recogía la fruta, criaba cerdos y ovejas y vendía carne y queso. Se dedicaba también a la cría de abejas y les sacaba la miel. (En secreto les digo que cuánto más duro el trabajo, tanto más sabrosa la comida. Mi madre ahora me lo cuenta y yo no lo pongo en duda porque creo que aquel sabor de la comida, que ella recuerda de vez en cuando, no es solo el sabor de la infancia sino que lo que comían entonces tenía el auténtico sabor de la tierra trabajada personalmente, es decir con las propias manos; sólo así se pueden evitar engaños).

Mi abuelo nunca en su vida había cocinado, ni cosido, ni había fregado platos. Todo eso le tocaba a mi abuela. Y además, la abuela tejía alfombras en el telar y el abuelo construía casas por todo el pueblo. Todos esos trabajos se hacían en silencio y nadie se quejaba de estar cansado ni de trabajar más que el otro.

En la época soviética las cosas cambiaron mucho. La sociedad ya no distinguía entre hombres y mujeres a la hora de repartir las tareas. Las diferencias se limaron tanto que a los hombres ya no les daba vergüenza ir por la calle con la bolsa de la compra o empujar el carrito del bebé. Por otro lado, había mujeres doctoras, ingenieras y profesoras. Y también había agrónomas, conductoras de tranvías o de tractores, e incluso investigadoras científicas. ¿Cómo se pudo conseguir todo eso? Muy sencillo; por primera vez en la historia hombres y mujeres,  independientemente de su raza y, sobre todo, de su extracción social pudieron estudiar juntos, pudieron trabajar y construir sus vidas partiendo de cero.

Lo que quiero decir es que la igualdad ya existía en la Unión Soviética desde los años 30 del siglo pasado. Mi padre, sin ir más lejos, se ocupaba de muchos trabajos en casa porque mi madre había desempeñado, durante toda su vida, cargos de responsabilidad pública. A mí también me educaron así y por eso no me dio ninguna vergüenza quedarme en casa con mi hijo pequeño, darle de comer, cambiarle los pañales, cocinar, limpiar y traer la compra a casa. Sin embargo, muchos vecinos, mucho más jóvenes que yo, no quieren hacer lo mismo. Dicen que estas son cosas de mujeres, que el hombre debe dedicarse a ganar dinero. ¡Y el caso es que tampoco ganan dinero porque no trabajan en ninguna parte! Sólo se dedican a tomar cerveza en la calle, a hablar de fútbol y a hacer apuestas deportivas soñando con el gordo que nunca llega. Muchas chicas, en cambio, sueñan con un novio rico y con un matrimonio ventajoso. No estudian, ni trabajan; sólo se dedican a gastar el dinero de sus padres y de sus abuelos en comprarse cosas y en arreglarse.

Es decir costumbres que creías totalmente desaparecidas y superadas han vuelto a aparecer en estos tiempos nuevos que llamamos democráticos. Y entonces reflexionas y se te ocurre que no se trata de machismos ni de feminismos sino sencillamente de la sinvergonzonería de algunos que viven del trabajo de otros y también de la incapacidad que tiene la sociedad en solicionar la principal vergüenza y la principal desigualdad de la humanidad que es la explotación del ser humano por otro ser humano.

La mujer soviética en la pintura: Cuadro de Valentin Poleakov: “Mujer al volante”

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