Costumbres viejas en tiempos nuevos

El abuelito de „La sonrisa etrusca” de José Luis Sampedro es todo un personaje. Luchó contra los nazis en la II Guerra Mundial como partisano en la resistencia italiana; conocía el campo, el sabor del queso auténtico, de las castañas y del vino de la tierra. Había tenido durante toda su vida lo que podríamos llamar „vergūenza masculina” es decir había cumplido con su trabajo de hombre. Las mujeres de hombres así suelen tener „vergüenza femenina” , es decir cumplen sin quejarse con sus tareas de mujer. Esas mujeres no dejarían a sus hombres cargar con la bolsa de la compra, por ejemplo, por culpa del mismo sentimiento de „vergüenza femenina”.

Antes las cosas funcionaban así.

El sentimiento de vergüenza mutua, si es que no faltaba, equilibraba la balanza y nadie explotaba a nadie. Mi abuelo, por ejemplo, hacía todo el trabajo más duro del campo. Cuidaba de la vid y hacía el vino, podaba los árboles frutales y recogía la fruta, criaba cerdos, ovejas y vendía carne y queso. Se dedicaba también a la cría de abejas y les sacaba la miel. (En secreto les digo que cuánto más duro el trabajo, tanto más sabrosa la comida. Creo que aquel sabor de la comida,  que mi madre recuerda ahora de vez en cuando, no sólo es el sabor de la infancia sino que lo que comían entonces tenía el auténtico sabor de la tierra trabajada personalmente, es decir con las propias manos; sólo así se pueden evitar engaños).

Pero volvamos al asunto.

Mi abuelo nunca cocinaba, ni cosía, ni lavaba platos. Esos trabajos eran de mi abuela. Además de eso, mi abuela tejía alfombras en el telar y mi abuelo hacía casas por todo el pueblo. Todos esos trabajos se hacían en silencio y nadie se quejaba de estar cansado ni de trabajar más que el otro.

En la época soviética las cosas cambiaron mucho. A las mujeres se les asignó un papel mucho más activo. Ya podían estudiar y de hecho así lo hicieron. Y lo hicieron con asiduidad: estudiaron para profesoras, médicos, ingenieros. En la II Guerra Mundial trabajaron en la retaguardia produciendo municiones para el frente. Llegaron incluso a luchar codo a codo junto a los hombres en las trincheras. La primera mujer cosmonauta fue una mujer soviética, llamada Valentina Tereshkova.

Las cosas habían cambiado tanto que ya se podía ver a hombres empujando el carrito del bebé o cargando con la bolsa de la compra. Por otro lado había mujeres agrónomas, conductoras de tranvías o tractores, y también investigadoras científicas. Un montón de libros y de películas lo ilustran muy bien.

Lo que quiero decir es que en España ahora se está luchando por algo que en la Unión Soviética ya existía desde los años 30 del siglo pasado.

Mi padre, sin ir más lejos, hacía mucho trabajo en casa porque mi madre, durante toda su vida, desempeñó cargos de responsabilidad pública. A mí también me educaron así y no me dio ninguna vergüenza -machista en este caso- , quedarme en casa con mi hijo pequéño, darle de comer, cambiarle los pañales, cocinar y limpiar, traer la compra a casa. Sin embargo, muchos vecinos, mucho más jóvenes que yo, no quieren hacer lo mismo. Dicen que estas son cosas de mujeres, que el hombre debe dedicarse a ganar dinero. ¡Y el caso es que tampoco ganan dinero porque no trabajan en ningún sitio! Sólo se dedican a tomar cerveza en la calle, a hablar de fútbol y a hacer apuestas deportivas soñando con el gordo que nunca llega. Muchas chicas, en cambio, sueñan con un matrimonio ventajoso. No estudian, ni trabajan; sólo se dedican a gastar el dinero de sus padres y de sus abuelos en comprarse cosas y en arreglarse.

Claro que no todos los hombres en la Unión Soviética eran como mi padre, ni todos los jóvenes de ahora son como los que acabo de describir. Me refería a esas antiguas costumbres que uno creía ya desaparecidas pero que han vuelto a aparecer en estos tiempos nuevos, en estos tiempos que llamamos democráticos.

 

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