Agua bendita, agua maldita

Este verano he viajado a España para participar en un curso para profesores de español en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Hasta Madrid viajé en avión; para llegar a Santander tomé el autobús. De ese modo tuve la oportunidad de recorrer media España y ver sus paisajes.

Vista desde el avión España tiene el color amarillo del desierto. Nadie diría que aquello que se ve es tierra, sino más bien arena. Ya en tierra, y mientras duró mi recorrido en autobús, pude ver que lo amarillo era hierba quemada. Cientos de kilómetros de hierba quemada por los rayos del sol.

El paisaje sólo cambia al acercarse al norte: se va tornando de forma paulatina cada vez un poco más verde. Las zonas boscosas son mucho más amplias, los árboles parecen más frondosos, en los prados se pueden ver vacas, ovejas y caballos; el aire se hace más fresco, más respirable.

Cuando llegué a Santander, caía una lluvia fina: una especie de polvo húmedo. Para mí, acostumbrado a aguaceros diluvianos, aquello parecía una broma. Pero poco a poco la broma se fue transformando en algo serio, incluso muy serio y tuve que refugiarme bajo el toldo de un bar donde me tomé una cerveza y un café.

Después entré en el Túnel de Tetuán, que atravesé hasta llegar al Campus de las Llamas, mi destino final.

En la recepción nos recibía una señora muy campechana; de esas que pueden hablar de cualquier cosa con cualquier persona. Por ejemplo a mí me dijo que la lluvia llegaba después de una temporada de calor muy prolongada. „Es una bendición”-me aclaró al final del comentario. Pero para nosotros, los participantes en el curso, la lluvia pronto se transformó en una auténtica maldición ya que todos, sin excepción alguna, habíamos pensado que, desde el primer día de nuestra estancia en Santander, íbamos a disfrutar de las playas del Cantábrico.

La lluvia significa mal tiempo. Nadie la quiere porque con ella nos mojamos y resulta incómoda. Y por eso nadie la entiende. ¡Y sin embargo qué importante es el agua para la vida! Imaginémonos una lluvia lenta pero firme cayendo sobre este paisaje calcinado español. No me refiero a esas trombas de agua que ahora caen de repente derramando en poco tiempo miles de litros, con un aprovechamiento para la tierra casi nulo. Hablo de una lluvia bendita, útil.

Muchas veces pienso que el ser humano no es un logro sino un error de la naturaleza. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que no hayamos caído en la cuenta de que entre el cielo y la tierra existe una comunicación natural? El agua que nos moja no baja para incomodarnos a nosotros sino para completar ese ciclo vital existente entre el cielo y la tierra y que nosotros hemos interrumpido desnudando el paisaje de esa esponja imprescindible que es la vegetación. Porque la única manera de conservar el agua de forma duradera es recibirla sobre un paisaje cubierto de vegetación abundante. Sólo en ese caso la absorción de la humedad será lenta y su almacenamiento será duradero. Claro que lamentablemente ese bosque ya no existe porque lo hemos cortado. Año tras año siguen desapareciendo de la superficie terrestre millones de hectáreas de bosque vital, víctimas de la tala indiscriminada, de la quema o de la furia de la propia naturaleza. Y a todo ese desastre lo llamamos evolución tecnológica, progreso a tope de un par de siglos.

Sí, hay intentos de hacer algo. Se habla de reducir el uso del plástico, de reciclar los desperdicios sintéticos, en fin, de hacer algo que ayude a la naturaleza a regenerarse. Pero la verdad es que todo este esfuerzo es inútil, son como pequeñas gotas en un océano, mientras no se llegue a un acuerdo planetario, a una especie de conciencia superior por encima del consumo egoísta de cada individuo o del interés de cada país. Y es que para repoblar de bosques un paisaje, por ejemplo, no sólo hacen falta años, décadas, o incluso siglos, sino también condiciones naturales adecuadas; calor o frío soportables y humedad apacible y a su debido tiempo. En Rumanía se han deforestado casi por completo las laderas más suaves de montañas que ahora resultaría imposible reforestar porque las lluvias son tan despiadadas y brutales que al caer se llevan por delante toneladas de tierra. Y porque los calores son tan fuertes que ningún arbolito, por muy robusto que fuera, sería capaz de aguantarlos y se secaría al poco tiempo. O sea que para recrear un paisaje natural hace falta tiempo, hacen falta recursos y paciencia, cosas todas ellas que el ser humano no parece tener. Sin embargo, si de aquí a algunos años no encontramos una solución a este conflicto inútil entre nosotros y la naturaleza, será la propia naturaleza la que encontrará su propia solución. Y es poco probable que lo que ella decida nos guste a nosotros.

 

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