Cosas raras

Cuando viajo a mi tierra soviética durante casi 70 años siempre siento tristeza por las mismas dos razones: a mis padres los noto cada vez más viejos y no ocurre nada, ningún cambio espectacular, no se observa ningún indicio de desarrollo. Y sin embargo, en esa misma tristeza descubro también motivos de alegría: mis padres se dirigen digna y lentamente, con una especie de contagiosa sabiduría, hacia ese infinito que nos espera a todos y la misma tierra parece estar esperando con serenidad algún cambio; parece estar descansando para recuperar las fuerzas perdidas durante varias décadas de convulsiones, sacudidas violentas y choques brutales entre dos mundos con modos de vida diferentes en muchos aspectos.

Sin embargo, a pesar de todo, las cosas suceden. Suceden a montones porque la vida no se detiene, sigue su curso siempre hacia adelante y la gente no tiene más remedio que seguir viviendo. Son cosas que a un occidental podrían parecerle raras, como todo lo que allí pudiera encontrar si se le ocurriera viajar a lo que había sido hace tan poco tiempo el espacio soviético. Y en especial si en su viaje llegase a algún pueblo como el mío, con calles sin nombre, estrechas, pedregosas y empinadas cual sendas de montaña, sin postes de electricidad y con muchas casas abandonadas cuyos dueños hace tiempo que murieron o se fueron a países extranjeros a buscarse allí la vida.

Rara podría parecerle la comida. Por ejemplo el queso añejo de oveja, un queso fuerte que se hace con cuajo de tripa de cordero, siguiendo un procedimiento natural, antiguo de cuajar la leche. Las tripitas de cordero se venden en el propio mercado. Son pardas y tienen forma de estómago pequeño. Parecen bolsillos, o más bien escarcelas, esas bolsitas para llevar dinero que antiguamente se colgaban en la cintura. Y aunque sea muy bueno -el queso, claro está- un occidental no lo probaría porque no está adecuadamente envasado. Se vende tal cual, en bolas grandes, enormes, blancas como la nieve y por dentro llenas de agujeritos.

La carne de cerdo parece también rara. Despide un aroma potente de hierba recién cortada y la grasa tiene color amarillento. El color y el aroma se deben sobre todo a la crianza al aire libre y a la alimentación natural de los animales, lo cual hace que los filetes queden jugosos y suaves y que no necesiten ningún ingrediente secreto salvo un poco de sal en granos gordos de color oscuro como la tierra misma.

El occidental desconfiaría también de las frutas, mucho más pequeñas que las que está aconstumbrado a ver y a comer, aunque sean suculentas y perfumadas. Y no entendería las costumbres. Le causaría un verdadero estupor ver que en una mesa se toman las bebidas sin orden alguno, el vino después del coñac y la cerveza y el champán después del vodka. Le extrañaría también que la comida forme en la mesa una pila de platos superpuestos, cada uno con el manjar correspondiente. Le sorprendería que se coma, se beba, se brinde, se hable y se cante, y que se haga todo eso al mismo tiempo en una mezcla caótica y pantagruélica como se mezclan los alimentos en el estómago.

Sin duda le parecería raro mi deseo de echar a andar un poco ebrio por el campo, después de la comida, para estar solo y para sentirme olvidado y abandonado. El cielo podría parecerle demasiado limpio y transparente. Las noches excesivamente oscuras y los ruidos naturales de bichos y de plantas movidas por el aire demasiado insólitos y enigmáticos. La luna podría sorprender a cualquiera con su brillo metálico de bandeja de plata mientras que los murciélagos, que cruzan como rayos negros el foco de luz lunar, podrían darle miedo.

Al regresar de nuevo a Bucarest, otra vez de vuelta al ruido, al bullicio y a las aglomeraciones humanas, lo raro es que no me sienta agobiado. Porque el contraste entre los dos mundos me hace feliz, de manera inexplicable.

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