El ascua a mi sardina

La crisis del coronavirus pone a prueba no sólo la cohesión de Europa sino también algunos de sus principios básicos como la fraternidad y otros similares. Miles de rumanos (se estima que la cifra final llegará a 40000) tuvieron que salir pitando de Italia para regresar a su país de origen, Rumanía. Sí, miles, en unos pocos días. La caravana de coches que se podía contemplar en uno de esos días en alguno de los puntos fronterizos era impresionante. Parecía un éxodo masivo de personas azuzadas por el pánico que quisieran entrar de golpe en un país que abandonaron hace años cuando se fueron al extranjero en busca de una vida mejor.

Puedo entender perfectamente que en una crisis sanitaria, que se va globalizando a pasos agigantados, un país europeo tome la decisión de cerrarse para detener el contagio. Pero lo que no entiendo es cómo ese país puede dejar a miles de seres humanos que se vayan, que se escapen corriendo, que abandonen la casa contaminada, que huyan como ratas despavoridas presa del pánico cuando es probable que algunos de los que huyen estén contaminados y puedan pasar a otros la enfermedad. Esa actitud sólo demuestra una cosa: que la supuesta unión de Europa no existe todavía, que en momentos cruciales cada país actúa de manera totalmente egoísta defendiéndose a sí mismo, diciendo de ese modo que los demás se jodan.
No sabemos cómo terminará todo esto pero ya podemos ver cómo ha empezado: caos, pánico y que cada cual arrime el ascua a su sardina. Sólo cabe esperar que lo hagan a consciencia, es decir que las medidas que acaben por adoptar resulten eficaces.

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