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Entre esvástica y estrella

  • me siento como si me estampasen una estrella roja en un hombro. Y el otro como si me lo fueran a sellar con una esvástica.

Hay una película soviética, llamada “El paso”, basada en hechos reales, cuyo tema es la epidemia de poliomielitis, ocurrida en Japón en los años 60 del siglo pasado. En la Unión Soviética se había elaborado una vacuna y la epidemia se estaba erradicando con éxito porque nadie ganaba nada, ni un solo kópek y el estado se preocupaba de manera directa por cuidar a los niños mientras que en el Japón capitalista se ponían trabas a la importación de la vacuna soviética porque las compañías farmacéuticas no sacaban ningún beneficio.

Cada día estoy menos convencido de las buenas intenciones de los que me quieren vacunar y de que solo se preocupen por mi salud. No me importa que algunos, a costa de mi bolsillo -por mucho que nos intenten persuadir de que la vacuna es gratuita, pagarla con dinero público significa abonar su coste con la pasta de todos-, hagan su agosto de miles de millones de dólades o euros. Allá ellos, tanto le da a uno que unos mendas se acaben embolsando un millón o unos miles de millones; es como si nos molestara la cantidad de mosquitos en verano.

Me molesta la imposición, la amenaza, la coerción malévola. ¿Con qué derecho algunos, para el regocijo de otros, constituyan una mayoría o no, amenazan con despedir de sus puestos de trabajo -y lo cumplen, según tengo entendido, en Italia, Francia, Eslovenia- a los empleados, muchos de ellos buenos profesionales, que se niegan a ser pinchados sea por desconfianza, por miedo, o porque todo les parece un montaje abusivo. ¿Por qué, si prevalece la preocupación por la salud, no se reparten gratuitamente entre la población también los tests  y las mascarillas?

Un compañero español vacunado me reprochó que no lo hubiera hecho yo, como si habiéndose inmunizado él no hubiera pensado en su salud sino en cómo andar censurándolo en todo Fulano que se hubiera negado. Le dije que toda esa situación me parece un abuso. Me contestó que, si tanto me molestan los abusos, por qué no protesto también contra la subida de impuestos y contra cualquier cosa que, bajo una o otra forma, lo sea o lo parezca. Como si uno pudiera pasarse todo el santo día protestando a diestro y siniestro, gritando su enfado a voz en cuello. Completó su  breve discurso con que ya lo habría comprendido si hubiera invocado otras razones, el miedo, por ejemplo, a que me metiesen el chip o cualquier otro motivo más serio, vamos, más a tomar en cuenta. Estoy seguro de que, hubiera dicho lo que hubiera dicho, me habría recriminado aquello que le hubiese venido más fácilmente a mano, según lo que hubiera alegado yo; el chip, qué gilipollez, vamos, es de idiotas creerse algo así.

Y, sin embargo, ahora que lo pienso, y viendo el panorama, pues sí que me creería incluso eso del chip, del código metido directamente en la sangre. Se me ocurre la pesadilla de que a alguien le apeteció jugar a Satanás, a fin de ejercer un control absoluto sobre el género humano,  del dinero que tiene, por dónde anda y de su ficha sanitaria. Con ese código, te van a diseñar la atención médica a distancia, sin gastos hospitalarios. Y ya no habrá necesidad de tener tantos hospitales, de pagar médicos, etcétera.

Otro compañero español de la misma mesa -estábamos en un restaurante celebrando el primer encuentro de profesores de este curso escolar, y a la vez la despedida de un compañero que había recibido plaza de interino en Madrid-, medio en broma, y por tanto medio en serio, añadió a la discusión que probablemente me siento como si me estampasen una estrella roja en un hombro. Le dije que sí  y, para unirme al chiste, añadí que el otro como si me lo fueran a sellar con una esvástica.