Mihail Iurievichi Lermotov fue durante mucho tiempo mi escritor ruso preferido. Ahora ya no tengo escritores preferidos. El tiempo borra un poco el entusiasmo de las cosas. Todo tiende a juntarse en una mezcla de sabores equilibrados: ni demaisada sal, ni pimienta en exceso. El tiempo que ha pasado no hay que lamentarlo: hay que saborear el instante, el ahora, para alargar el sentimiento de la vida. Son esas ganas de vivir que aparecen cuando dejamos de sentir ya especial exaltación por nada.
La Naturaleza establece una especie de equilibrio existencial. Todo se compensa: la vida con la muerte, la muerte con la continuidad universal, el sufrimiento con la promesa de salvación, la felicidad con el sufrimiento, el éxito con la amargura, la amargura con la satisfacción de no haber tenido el valor de intentarlo. Lo último resulta quizás lo más fácil de soportar.
Existe también un equilibrio vital: el sauce crece en los lugares pantanosos y no se pudre. Es más, el agua sube por su tronco y por sus ramas y sale por las hojas como por unas tuberías, saneando el terreno y purificando el aire. ¡Magnífico! ¿Quién ha plantado el sauce en el pantano? Nadie. Es decir Dios.
Lermotov murió románticamente: en un duelo y muy joven.
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