Patrias grandes y patrias chicas
He nacido en la Unión Soviética. No era una nacionalidad sino más bien una consciencia: la consciencia obligatoria y permanente de pertenecer a uno de los estados más fuertes del mundo: CCCP, es decir la URSS.
Nos inculcaban ese modo de pensar por todos los medios y bajo todas la formas, empezando por el himno que hablaba de la Unión indestructible de repúblicas libres, etcetera. Y nosotros lo aceptábamos todo sin hacernos preguntas de ningún tipo. Porque ¿acaso hubiéramos podido dudar de nuestra madre? La madre sólo era una, la que todos conocíamos, la Unión Soviética. Más tarde, cuando resultó que había sido una falsa madre, de pronto nos quedamos todos huérfanos, sin tener un país de origen. Y para no perder esa consciencia de pertenecer a algo, nos apresuramos a agarrarnos a nuestra patria chica, a ese umbral de la puerta por donde salimos antes de que el mundo nos engulla.
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