La falsedad de las buenas intenciones

  • No siempre logramos acertar con las buenas intenciones que, como sabiamente se cree, muchas veces pavimentan los caminos de la falsedad, maldad e injusticia.

Los jóvenes se juntan no solo por aficiones comunes o por gustos que comparten. Se  juntan por vicios, por no estar solos o porque instintivamente sienten que fuera de la comunidad se encontrarían desamparados. Las relaciones humanas también marchan como mecanismos, como piezas, cada una en su lugar correspondiente y no importa si su funcionamiento tiene buen o mal fin.

El deseo de estar juntos no parece haber disminuido su fuerza a pesar de que ya disponemos de mayor variedad de actividades que podemos realizar en solitario. Pero se le ha añadido algo más. Al matiz, que siempre ha existido, de querer demostrar a todo el mundo que uno cuenta con su propia tribu, se le ha añadido una especie de satisfacción malvada por parte de los integrantes del grupo que se manifiesta hacia aquellos que, por varios motivos, se han quedado fuera. Y entonces ese instinto tribal funciona al revés: en vez de intentar absorber al extraviado, lo acosan, le atormentan la vida, le hacen ver en cada momento su incapacidad, como dicen ellos, de adaptarse. Es decir que la culpa de su aislamiento la tiene el aislado. Siempre. Así, al menos, son las cosas aquí, en Rumanía.

En la época soviética de mi adolescencia nos juntábamos también y todo funcionaba, más o menos, como ahora. No nos unía la afición a los libros, por ejemplo. Tampoco nos vinculaban los deportes que practicábamos casi todos, algunos en clubs, pero la inmensa mayoría porque así nos educaban. Diálogos sobre libros, deportes o películas surgían de forma espontánea y no representaban enlaces sólidos. Los cigarrillos sí que unían mucho; también el alcohol, el juego a las cartas. Teníamos compañeros que no fumaban pero por fuerza tenían que tomar tragos para formar parte del equipo. Curiosamente, las uniones por las copas eran las más sólidas porque, ebrios, nos empezábamos a conocer los defectos. lo cual nos transformaba en cómplices de nuestras propias debilidades.

Los que, por un motivo u otro, quedaban desvinculados de los colectivos, sufrían acoso también pero era una persecución abierta, no disimulada. Yo la padecí, no recuerdo exactamente la causa: a lo mejor porque mi padre y mi madre eran profesores. Fuese porque fuese, el caso es que a mi alrededor, de repente, surgió un vacío, una especie de desconfianza, un recelo hacia mi persona que se manifestaba como una hostilidad común expresada en apodos desagradables y toda clase de burlas zaheridoras que los adolescentes saben inventarse muy bien. Me defendía como podía, la mayoría de las veces sencillamente callando. Pero, sin embargo, -y a pesar de todo-, no guardo malos recuerdos de esa época. La violencia no se ocultaba y el acosado siempre disponía de la oportunidad de demostrar lo que valía.

Los conflictos se dirimían en forma de pelea entre dos casi siempre fuera del ámbito escolar, en el patio del colegio, polideportivo o parque, e independientemente del resultado -victoria, tablas o derrota-, la víctima del maltrato, tan sólo demostrando una disposición digna, ponía fin, para siempre, a la situación. Dichas peleas sucedían muy a menudo y nadie intervenía para aplacar la tensión. Pese a ello, no se guardaban rencores y no recuerdo revanchas.

Hoy la enseñanza rumana y la europea se preocupan mucho por educar en los adolescentes una actitud en contra del acoso, y la violencia, una bestia camaleónica con muchas cabezas, en vez de manifestarse, de salir a flote, se oculta. Los maltratadores camuflan hábilmente sus impulsos y el maltratado no puede rebelarse, no puede hacer nada para enfrentar a sus verdugos porque está mal visto. El acoso puede durar años, desarrollando depresiones difícilmente remediables. Por otro lado,  los que logran no hundirse, aprenden a nadar vigorosamente por un mundo cuyas tenebrosidades han conocido de cerca. Estos respetan el amor y la lealtad pero también son capaces de entrever la falsedad de las buenas intenciones. No son para nada vengativos y contemplan con calma la bondad y la maldad.

Es decir que no siempre logramos acertar con las buenas intenciones que, como sabiamente se cree, muchas veces pavimentan los caminos de la falsedad, maldad e injusticia.

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