Y de nuevo Transnistria

Y de nuevo Transnistria

  • Transnistria sigue sin estar reconocida por la comunidad internacional, pero, en cuando a la simpatía de sus ciudadanos por los rusos, sobre todo por la cúpula que tiene en sus manos las riendas de la política del país, tengo serias dudas de que siga intacta.

El Secretario de Estado norteamericano Antony Blinken, en su recorrido europeo debido a la acción bélica rusa en Ucrania, estuvo de visita muy corta en Kishinau, donde se encontró con Maia Sandu, la Presidenta de la República de Moldova. A uno, nacido en la Unión Soviética, visitas de ese tipo por parte de altos dignatarios americanos en vez de alegrar, le ponen en alerta; ¡andar con cautela, algo se avecina! Los Estados Unidos promete dinero e inversiones, pero antes ponen condiciones y la OTAN no es sino una avanzadilla militar para asegurar un espacio donde ese dinero -el dólar- pueda circular sin problemas y esas inversiones puedan funcionar y dar frutos. Primero armas y solo después, dinero.

Eso uno lo puede entender, incluso aceptar. Porque con los rusos el trato es distinto, mejor dicho no hay trato: armas y luego nada.

Sin embargo, sobre el terreno las cosas siempre son distintas. En estos días -escribo esto a 7 de marzo de 2022- se habló, de nuevo, de Transnistria, de qué va a pasar con ella y con Moldova en las circunstancias actuales de acción bélica rusa contra Ucrania.

Un poco de historia.

La Transnistria independiente surgió a finales del verano de 1991, un año y medio después del desplome violento de la Unión Soviética. Su creador fue un solo hombre, Igor Smirnov, uno de los exdirectivos soviéticos más pragmáticos, que en unos cuantos meses de maniobras políticas muy hábiles logró fijar las bases de su propio estado, no reconocido por Occidente ya que no podía colocar allí sus empresas.

Cuando Kishinau, el Kremlin y Los Estados Unidos por fin reaccionaron, todo estaba hecho ya; este ciudadano soviético común, trabajador y enamorado del modelo de vida de la URSS –como lo fuimos la mayoría–, hijo de un maestro y de una profesional de la prensa sin ambiciones de ninguna clase y aún menos políticas, se hacía con un país que explotó durante veinte años de manera ininterrumpida, como una empresa privada.

Sin embargo, Smirnov no luchó solo por defender contra la agresión extranjera el modelo de vida soviético. Luchó por apoderarse, casi en solitario, de un patrimonio económico acumulado a lo largo de unas cuantas décadas de industrialización y militarización de Transnistria por la Rusia Soviética,  preservándolo de caer en manos de la República de Moldavia, en curso de independizarse, que dirigía su mirar hacia Rumanía y Occidente.

Smirnov, seguramente sin saberlo, se anticipaba así a los acontecimientos que habrían de ocurrir en los años siguientes y a la aparición de los futuros oligarcas al servicio de los presidentes absolutistas postsoviéticos. 

A principios de marzo de 1992 el joven estado moldavo, que disponía de  fuerzas militares todavía limitadas, pero que contaba, sin embargo –no podía ser de otra manera–, con cierto apoyo occidental, declaró la guerra al joven estado transnistrio, armado como los hay pocos en Europa, con el arsenal del 14˚ Ejército Soviético, acantonado en Transnistria, que incluía equipamiento de todo tipo, desde balas para fusiles de asalto y granadas hasta misiles de alcance europeo. Smirnov no dudó, ni un solo instante, en aprovechar esta ventaja estratégica para lograr su objetivo, el de terminar derrotando a las tropas moldavas, consideradas invasoras.

Las hostilidades duraron poco, apenas unos meses, hasta que el Kremlin decidió tomar, de manera directa, cartas en el asunto, enviando al general ruso Alexandr Lébed que tomó en sus manos el mando de las operaciones. Con un fuego potente de artillería se puso fin a lo que este curtido y áspero militar llamó “abominable desmadre, montado por un par de bandidos transnistrios y un grupo de fascistas moldavos y rumanos”. Con esa actuación decidida Rusia recupero, por completo, el control de la zona, llegando incluso a engullir un trocito más, incorporando a Transnistria la ciudad de Bender, situada en la orilla occidental del río Nistru, en el lado moldavo.

Desde aquellos acontecimientos han pasado ya tres décadas. ¿Qué ha cambiado desde entonces? Desde luego, no mucho: Transnistria sigue sin estar reconocida por la comunidad internacional, pero, en cuando a la simpatía de sus ciudadanos por los rusos, sobre todo por la cúpula que tiene en sus manos las riendas de la política del país, tengo serias dudas de que siga intacta.

Porque veamos. Mediaron treinta años de paz y, en esos treinta años de paz, la vida se asentó sobre unas bases, aunque precarias, sí reales; mi humilde sueldo, mi pequeña casa, mi modesta cama. Esa rutina de la vida que, al perderla, te parece tan desesperadamente dulce. Putin con Lavrov y sus generales pueden romper esa rutina, exigiendo a las autoridades transnistrias que colaboren en su plan de ocupación y los hijos de aquellos que en 1991 celebraron el desprendimiento de Transnistria de Moldova como una importante victoria, se verán involucrados ahora en un conflicto entre Ucrania y Rusia del que muy poco entienden. ¿Qué van a hacer ellos? Supongo que también van a querer marcharse, como los ucranianos y los rusos que escapan huyendo de la guerra. ¿Pero adónde? ¿A Ucrania? Lo dudo. ¿A Rusia? No lo creo. La única vía libre sería de vuelta, otra vez, a Moldova que supuestamente goza de una protección -bastante débil por ahora, diría yo-, por parte de Europa y los Estados Unidos.

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