Otro perro, el mismo hueso

Otro perro, el mismo hueso

  • También en la Unión Soviética nos tragábamos, sin rechistar, el alud de falsedades que echaba sobre nosotros el Partido Comunista, la prensa, radio y televisión que controlaba. Desde este punto de vista, podría decir que en mi vida poca cosa ha cambiado; el hueso es el mismo, solo el perro es otro.

Que no me deje engañar. Me encuentro apenas al principio de abusos, restricciones o imposiciones de todo tipo. La libertad, de la cual empezaba a disfrutar el ser humano últimamente -de pensamiento, de expresión, de movimiento- empezó a preocupar y se decidió ponerle algunos límites. Y libertades limitadas no existen. Si no te vacunas, no puedes ser libre. Por lo tanto, solo se dispone de una libertad condicional. Como los presos que salen de la cárcel.

Bueno, te lo pintan todo como necesidad de ser responsable. Políticos, algunos de ellos mangantes desvergonzados de riquezas regionales, nacionales, europeas o planetarias, mercenarios todos ellos al servicio de los nuevos reyes -las multinacionales, sobre todo las farmacéuticas-, me hablan, todo serios, de mis responsabilidades ante la ciudadanía. Y me lo dicen a mí, que llevo casi treinta años siendo maestro, educando y enseñando, trabajando y cumpliendo con mi deber como tiene que ser. A mí, que cobro cien veces menos y que hago un trabajo cien veces más importante que ellos. A los reproches de esos adinerados, de esos hinchados a privilegios políticos y políticas, se une el coro de los millones y millones de mis semejantes en cuanto condiciones de vida y status social que toleran, sin reticencia alguna, esa patraña de la responsabilidad colectiva, esa mentira de tamaño cósmico, global.

En otoño de este año -estamos en diciembre de 2021-, el embajador de Dinamarca se felicitaba por el éxito del pueblo danés de haber erradicado el virus. “Y es que los daneses son listos”, declaraba ese señor a una periodista rumana, “se han vacunado todos”, lo cual quería decir que los rumanos, con un altísimo porcentaje de no vacunados, eran tontos.

También la diplomacia, esa píldora dorada, se ha ido, lamentablemente, al carajo.

Portugueses y españoles se sumaron a esa danza con el mismo entusiasmo, vitoreando las medidas y criticando sutilmente, en los medios de comunicación, la actitud de quienes dudaban o se negaban.

Viviendo bajo una incesante lluvia de mentiras, inevitablemente quedarás empapado de ellas hasta la médula y acabarás por creértelas a pies juntillas. La Europa Occidental, satisfecha de su modo de vida y orgullosa de su prosperidad, atribuye todo ese florecimiento al avance de la ciencia y de la tecnología. Una fe ciega, egoísta y cancerígena: por encima de ella no hay nada y todo, toda esa abundante prosperidad de la que se disfruta hoy no es sino fruto de descubrimientos científicos y técnicos. El caparazón de esta confianza no tiene ningún resquicio por donde se pueda colar la duda. Y, sin embargo, se sabe que la duda, el cuestionamiento, la simple pregunta, son atributos de la vivacidad espiritual. Es más, la comunidad europea occidental, estimulada por una prensa y unos medios de comunicación al cien por cien conformistas, se burla de aquellos que dudan, cuestionan, ponen en tela de juicio. Y no solo se burla sino que los castiga: vitorea los despidos de su empleo a buenos profesionales, aplaúde las prohibiciones para hacer las compras en centros comerciales, para comer en bares y restaurantes, para disfrutar de las ferias navideñas vigentes en este preciso momento. Por todos lados vallas y guardas de seguridad con porras, gendarmes y policías con pistolas que exigen certificados, ponen multas, te amonestan -algunos en plan borde-, como si uno fuera un delincuente. Algo que, en la opinión de la mayoría vacunada, desde luego que está muy bien.

Probablemente yo también, si hubiera nacido en ese espacio, pensaría de la misma manera. No lo sé. Estaría, tal vez, de acuerdo con todo lo que me dijeran, me hicieran creer o pensar. También en la Unión Soviética nos tragábamos, sin rechistar, el alud de falsedades que echaba sobre nosotros el Partido Comunista, la prensa, radio y televisión que controlaba. Desde este punto de vista, podría decir que en mi vida poca cosa ha cambiado; el hueso es el mismo, solo el perro es otro.

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