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Aída es española y trabaja en Radio Francia Internacional. Ha venido a Rumanía para hacer unos reportajes sobre la vida de los gitanos. El tema principal es la expulsión de los gitanos rumanos de Francia.
Prepara las entrevistas minuciosamente y se pone nerviosa cuando la gente que tenía que entrevistar no contesta las llamadas a pesar de haberse puesto de acuerdo previamente. Eso ha pasado con el único diputado gitano en el Parlamento Rumano, ha ido dando largas. La última excusa fue que tenía que ir al dentista. “Cálmate”, se dice Aída, y busca en su agenda otros números y otros nombres.
Yo soy su traductor y acompañante y me gano con ello unos euros: en cuatro días, aproximadamente el equivalente de mi sueldo de todo un mes. Aída alucina cuando le digo que cobro 350 euros al mes como profesor de castellano, doctor en filología y otras medallas honoríficas; y que mi amigo Silvio, profesor de deporte, que está haciendo de chófer, gana 170 más o menos, trabajando en un centro donde los alumnos, muchos de ellos gitanos, zurran a los profesores si no son buenos. A mi amigo esto no le pasa; es un buen psicólogo y un gran pedagogo, y sabe esquivar puñetazos, patadas y escupitajos.
Le digo a Aída que a la gente le cuesta cada vez más entender una democracia con desempleo, sueldos indignos y precios aberrantes. “Todo lo que se ha construido en este país, le aclara Silvio, carreteras, casas, escuelas y hospitales son obra del dictador fusilado”.
Tal vez nuestros argumentos le parecen a Aída demasiado elementales, pero al trabajador sin trabajo, al pensionista sin pensión o al asalariado con el sueldo rebajado, cualquier teoría sobre no sé qué cambio de no sé qué sistema le suena a puro engaño.
Estamos en Bărbulești, aldea mayoritariamente gitana, a unos 60 kilómetros de Bucarest. El alcalde, Ion Cuţitaru, también es gitano. Razona de una manera sencilla y sin complejos. A Sarkozy, en su opinión, se le ha ido la olla. “Quizás se sienta acomplejado por el hecho de que él tampoco es francés”, dice con sorna.
En Sintești, otro pueblo con gran porcentaje de población gitana, el Bulibaşa (una especie de autoridad local) nos da su número de móvil y nos invita a festejar con los suyos y otros representantes de su etnia el 40 aniversario del encuentro anual de gitanos que es al día siguiente. Decidimos ir sin más.
Vamos en el coche de Silvio, un Dacia viejo y destartalado que no llama la atención. Evitamos así que nos pidan dinero por las entrevistas; porque los gitanos suelen ser muy gitanos, sí seńor.
Nos acercamos a una tienda que resguarda de los rayos del sol a un clan entero: mujeres con trenzas, faldas de muchos colores, grandes collares de oro sobre el pecho; hombres tripudos con cadenas gruesas del mismo metal, niños jugando con sables. Enfrente de la reunión un hombre está asando un cordero clavado en cuatro estacas. Lo hace calladamente, con mucho arte. Gotas de grasa caen sobre las brasas arrancando pequeños brotes de fuego. El aroma es tal que no podemos evitar acercarnos. “Para mí que el chef es rumano”, le comento a Silvio al oído. “Seguro”, dice Silvio y sonríe.
El hombre tripudo nos invita a sentarnos. Le damos las gracias pero tenemos que entrevistar primero al Rey de los Gitanos, Florin Cioabă. Hacemos, no obstante, un par de fotos con el cordero y con los dos críos que se lo están pasando bomba delante de la cámara de Aída.
Los músicos dedican canciones a Sarkozy y las mujeres bailan trotando sobre la hierba muy verde. El día es muy caluroso. Un arroyo de montaña envía su frescor agradable y allí buscamos, Aída y yo, un lugar para sentarnos. Aprovechamos la proximidad de otra familia, no muy numerosa, y nos acercamos a hablar con ellos. Los hombres empiezan a reírse mostrando las dentaduras de oro. Les importamos un bledo, pero acceden a contarnos algo sobre su vida. Andrei es chófer. “Soy rumano, dice, y convivo con ellos desde la infancia”.
Se me ocurre que los gitanos adinerados tienen empleados rumanos. Antes era al revés.
Mientras estamos conversando, probamos jamón ahumado -¡una delicia- y lo acompañamos con vino tinto. Fraga, la mujer, es analfabeta, pero es muy lista. Tiene ojos negros y brillantes. Critica a su marido porque está demasiado gordo. Ya no lo quiere como esposo, yo le gusto más, y se sienta a mi lado. Aída tiene el micro preparado, ha sido fácil, y vengan las preguntas. Fraga no sabe leer ni escribir pero sabe contar el dinero y lo considera suficiente. Los hombres lo ganamos, aclara su marido, y las mujeres lo administran”. No queda muy claro cómo se ganan la vida: unos 2000 mil euros al mes cada uno. “Somos buenos negociantes, eso es todo” dice el más joven. Luego van al bosque cercano a traer leña. El cordero está pastando tranquilamente no muy lejos sin sospechar la tragedia que se le viene encima.
Por la tarde regresamos. Aída está cansada pero contenta: tiene la entrevista con el rey, los relatos de varios jefes de clanes gitanos, de los miembros varones de una familia y de una mujer. Al final se duerme. Silvio y yo seguimos hablando de cualquier cosa. El paisaje a ambos lados de la carretera es el mismo: Rumanía en una profunda crisis histórica que dura siglos. “¿Qué, coño, le falta a este país?”, nos preguntamos casi al mismo tiempo. Y nos echamos a reír.
Hay quienes dicen que un pueblo.