La conquista del Este

Publiqué este artículo el 17 de marzo de 2014 en un blog que se llamaba proscritos, un blog que ya no existe, que ha desaparecido. No enfocaba un tema especialmente. Mejor dicho no ponía el foco sobre un asunto, un problema o una persona en especial; poniéndolo se le pueden descubrir muchas pulgas a cualquiera, por muy santo que nos lo pinten. Tan sólo proponía un análisis de cierto fenómeno que ocurría en aquel momento.

Es cierto que ni Putin, ni Lukashenko, dos de los presidentes ex soviéticos, son unos santos, pero tenemos que reconocer que supieron asegurar una transición pacífica y constructiva de un régimen comunista a una sociedad democrática en sus respectivos países. La historia sabrá valorarlo, sin duda, pero sólo si sabrán manejar otra transición: de su propio poder a un sistema más democrático.

La conquista del Este

Creo que la muerte repentina de alguien, sobre todo si es joven, nos produce una momentánea sensación de inseguridad. Eso es lo que sentí al ver a los héroes de turno de los días pasados, los ucranianos.
Dicen que los héroes nunca mueren y que no son olvidados, pero yo creo que mueren los primeros y que son olvidados pronto. No queremos guardar en nuestro corazón a los valientes. Ponen en evidencia nuestra cobardía. Quitémonos, por lo menos, los sombreros ante ellos.

Y ahora a hablar de cosas prácticas. Teniendo en cuenta el afán conquistador que Europa ha manifestado siempre, la cosa podría interpretarse como un avance hacia el Este. Europa ha codiciado riquezas allá donde éstas se encuentren; en América, en África, en Australia, en el Oriente. ¿Por qué hacer ascos a las de Rumanía, Ucrania, Bielorrusia o incluso Rusia?

¿De dónde viene ese ansia irreprimible de conquistar nuevos territorios, tan ardiente deseo de robar, de quedarse con lo que no le pertenece, de expoliar las riquezas ajenas y llevarlas a casa? ¿De los romanos, de los vikingos, de los godos, de los francos? ¿De no sé qué Carlos, Francisco, Segismundo o Federico? ¿De Napoleón, de Hítler, de Mussolini? ¿De no sé qué pérfido pirata inglés? ¿Por qué regla de Dios unos sólo atacan y otros sólo se defienden? No me consta ninguna colonia rumana, georgiana, armenia, moldava –la lista sería larga- en ninguna parte de la bola terrestre. En cambio inglesas, francesas, españolas, portuguesas y holandesas las hay a punta pala.

Para ganar hay que atacar. No basta sólo con defenderse. Es la lección que nos dan continuamente todas esas europas. La lección que nosotros, los fronterizos, nos negamos a aprender. Tal vez sea la estrategia que hemos adoptado para resistir y durar en el tiempo. No lo sé…

¿Ahora quién sigue en la lista? ¿Bielorrusia?
No me gustaría para nada acertar, pero ya lo hice una vez hace tres meses, en un comentario a mi artículo ¿Qué Unión se comió a la Unión Soviética? Entonces temía que se fueran a repartir Ucrania, una parte para Rusia y otra para Europa, lo que exactamente está ocurriendo ahora con Crimea. El entusiasmo separatista que origina este precedente podría abarcar el país entero dividiéndolo entre el este y el oeste. Putin, el indiscutible amo del Krémlin, se cree capaz de controlarlo. No es ni el borrachín Yeltsin ni el almibarado Gorbachov. Lo veo inclinándose ante los retratos de Iván el Terrible, Pedro el Grande, Catalina II de Rusia o Stalin.

No soy ningún profeta, sólo conozco un poco al Coloso Ruso, depredador que va marcando lo que considera su territorio. Hace más de veinte años estalló una guerra civil entre moldavos y transnistrios. Transnistria es una franja de tierra situada en la ribera oriental del río Nistru. Mientras la unión había durado, perteneció a la República Moldova. 1989 y 1990 son oficialmente los años de la caída del muro comunista y de masivas declaraciones de independencia. Los rusos, tratando de conservar su influencia allá donde les fuera posible, apoyaron subrepticiamente la separación de este territorio del estado moldavo.

¿Qué pasa con Bielorrusia? Antes de continuar, intentaré aclarar un aspecto importante. Muchas de las ex repúblicas soviéticas que se han apresurado a declarar su soberanía en los años noventa fueron creadas de manera abusiva y artificial por la URSS, que quitó y otorgó provincias a su antojo y capricho. La URSS les concedió fronteras y se definieron claramente como repúblicas o territorios poblados por moldavos, bielorrusos, ucranianos. Moldova, por poner un ejemplo, es una parte arrancada a Rumanía. La lengua que se habló desde entonces fue el moldavo, no el rumano. Imaginemos un delirio soberanista tan desmedido que las lenguas acaben bautizándose con el nombre de los pueblos que las hablan. En Argentina se hablaría el argentino, en Cuba el cubano o en Australia el australiano.

Hasta 1918 también los bielorrusos habían carecido de identidad nacional dentro de unas fronteras geográficas claras, pues durante siglos las tierras de la actual Bielorrusia habían estado repartidas entre varios países. A Ucrania se la disputaron diversas potencias europeas, hasta que llegó la Unión Soviética y puso punto final a esos juegos de dar y tomar. Su territorio moderno fue ampliado más tarde, primero hacia el oeste y posteriormente con la anexión de Crimea. Por eso Vladimir Putin se cree en su perfecto derecho de tomarla, y no creo que vaya a negociar nada con nadie. (También es muy posible que este sea sólo el punto de partida de una gran negociación entre Rusia, Estados Unidos y Europa que va a tomar su tiempo).

Lo irónico es que la URSS las crease y se quedase sin ellas.
Bueno,¿por qué creo que Bielorrusia será la siguiente? Aunque el presidente fue elegido por el pueblo, Europa considera que el régimen instaurado no es plenamente democrático. Alexandr Lucashenko se ha descrito a sí mismo como un “líder autoritario”, mientras que los países occidentales lo llaman dictador a secas. Es muy amigo de Vladimir Putin. Hace su política exterior como le da la gana. Tiene fuertes lazos con China y Siria. La mayor parte de la economía del país sigue siendo controlada por el estado y la inversión de capital extranjero es mínima: más del 40 % de las empresas privadas son bielorrusas, algo que no gusta nada al Occidente que quiere invadir literalmente estos mercados. La industria soviética fue modernizada, es funcional y no se importa demasiada maquinaria extranjera; y la exportación es limitada, pero se consigue mantener un equilibrio viable.

El novio de mi ahijada es bielorruso. El verano pasado charlamos un poco y me contó que en el país se respira paz y tranquilidad. Las infraestructuras se han modernizado mucho últimamente, el desempleo es bajo y la gente está contenta con lo que tiene. El muchacho no tiene un pelo de tonto; sabe de coches y tiene su propio taller mecánico. No me dijo que Bielorrusia necesitara de una primavera árabe. O de un invierno ucraniano. Bueno, ¿qué entenderá él, un simple mecánico, de esas cosas? Yo tampoco entendí gran cosa allá por los años noventa del pasado siglo cuando me decían que se acabó. ¿Que se acabó qué? Yo no sabía que había vivido en una cárcel. Tal vez sea mejor así.

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