Héroe o demonio

Héroe o demonio

Héroe o demonio Entierro de Alexei Navalny
Héroe o demonio Navalny’s funeral in pictures: cnbc.com

El funeral de Alexei Navalny tuvo todos los ingredientes de una novela. De una novela rusa, por supuesto.

Mientras que en el mundo occidental la muerte está separada de la vida, en Rusia y en otros países de religión ortodoxa la muerte forma parte de ella. Es su última fase. El traslado hacia el más allá es un acto esotérico profundo y solo entonces se dictamina si el tránsito terreno del ser humano desde el nacimiento hasta el sepulcro había sido un éxito o un fracaso, si ese esfuerzo vital, ese trabajo había merecido la pena. Elemento crucial que aparece detalladamente ilustrado en la obra “Los hermanos Karamazov” de F. M. Dostoyevski.

Dostoyevski estuvo preocupado durante toda su vida por los avatares del alma humana, por la pregunta “¿adónde va?”, que casi siempre se decide definitivamente en el último instante, el de exhalar el último suspiro. Igualmente le preocupa al escritor ruso la fe que precisa de pruebas. Esa fe que no existe por sí misma si no está conectada al milagro bien visible. En la novela, el cadáver del prior de un monasterio empieza a emanar un olor desagradable desprendido por un cuerpo que, según todos los cánones, no debería llegar a descomponerse. Pero no es ese cuerpo lo que se descompone, sino la fe misma. La fe del pueblo hace al santo, no al revés.

También Tolstoi describe el entierro en “Guerra y Paz”. El autor trata de sugerirnos que el ritual pesado de la iglesia, en lugar de aligerar el paso, lo convierte en una tortura.

Pues bien. Tenemos a Alexei Navalny que muere de repente. Y a Vladímir Putin que por todos los medios a su alcance mantiene secuestrado el cuerpo a despecho de una reacción social airada interna y externa atrayendo sobre sí mismo una breve acusación de profanador de la fe ortodoxa rusa.

Pero, no obstante, ¿qué es la fe para Vladímir Putin? Pues resulta que no consistiría, necesariamente, en rezar en la iglesia, según aclara el propio presidente en la entrevista al periodista estadounidense Tucker Carlson.

¿En qué consistiría, entonces, la fe para el presidente ruso?

Durante la II Guerra Mundial Stalin le ordenó al cineasta Serguei Eisenstein grabar un largometraje sobre Iván IV El Terrible. La orden fue cumplida. Sin embargo, A Stalin Iván El Terrible, plasmado por Eisenstein, no le gustó nada. En la película, el zar, roído por los arrepentimientos, rezaba y pedía perdón delante de los iconos. Este no es nuestro zar, sino un débil Hamlet, decía el tirano que hubiera preferido contemplarlo victorioso en una batalla.

Pero Putin reza. Lo confiesa en un documental encomiástico sobre él mismo. Lo hace en los momentos más difíciles en una pequeña capilla del Kremiln, su lugar de recogimiento. Resulta, pues, que la política del presidente ruso fue calibrada para los tiempos que corren: ni limpiamente ateo, pero tampoco demasiado religioso. Para la Iglesia Ortodoxa Rusa Putin es necesario no como humilde creyente -los hay cientos de miles-, sino como defensor vigoroso de la potestad eclesiástica de Oriente cuya autoridad está siendo sometida a duros ataques cometidos por el “occidente colectivo, irreligioso y globalizador”.

La ceremonia de despedida de Alexei Navalny, escenificada de puertas afuera, es decir hacia el extranjero, fue, cuando menos, insólita. La comitiva fúnebre con el difunto en féretro abierto, absolutamente necesaria para poder despedirse como es debido de la persona que merece la misma atención en la muerte que en la vida, completada con la oración del coro sacerdotal respetó rigurosamente la tradición de la iglesia ortodoxa. Pero por otro lado, como  música para la marcha mortuoria fue elegida por el equipo del político la banda sonora de Terminator y canciones de Frank Sinatra. Y, por remate, la multitud entonó a coro una canción de una serie soviética de culto de 1985 para niños y adolescentes “Hermoso y lejano porvenir”.  

La canción venía a apoyar el mensaje que la viuda del político, Iulia Navalnaya, mandaba activamente, en esos días, desde el extranjero a todos los rusos. Ese era el momento de empezar a forjar ese futuro hemoso para Rusia. Precisamente ese futuro por el cual luchó tanto y murió su valiente esposo. La muerte de Alexei convirtió automáticamente a Iulia en la nueva abanderada de la oposición política contra Vladímir Putin. Una oposición activa empero solamente fuera del país y preponderantemente a nivel mediático. En Rusia es considerada subversiva contra el orden público y los intereses del estado.

Sin embargo, para muchos millones de ciudadanos exsoviéticos ese hermoso porvenir se resiste tercamente a llegar todavía. Y el pasado, en el que ellos se consideraban felices, quedó desplazado muy lejos a la memoria.

Se juzguen como se juzguen los hechos, tenemos dos cosas muy claras. Alexei Navalny tiene asegurada su plaza en la galería de héroes martirizados. Vladímir Putin sigue dominando el panorama político ruso sin ser molesto por ningún opositor, ni siquiera encarcelado. Uno es visto como víctima. otro, como victimario. Héroe o demonio. La opinión pública, muy fragmentada también, ha repartido de momento así a cada uno su papel.  

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