A morir se educa

Nous n’avont pas peur o „No les tenemos miedo” es el nuevo grito del mundo civilizado frente a los ataques islamistas. Una multitud reunida en una plaza parisina lo estaba repitiendo enfebrecida cuando estallaron unos petardos tirados por unos gamberros que se creían graciosos. La masa humana corrió a esconderse despavorida, pisoteando las velas que acababa de encender y los mensajes que acababa de escribir, todo ello en homenaje a las víctimas del último atentado terrorista.

No sé si lo que tenemos que hacer es sólo eso:  enfrentar la barbarie con gritos valientes que no asustan ni a los gatos y menos todavía a un yihadista para quien matar a cristianos significa garantizarse el lugar prometido en el paraíso.

Después de empezar la guerra con Rusia, los habitantes de la ciudad ukraniana de Lvov  se dieron cuenta de que la militzia había desaparecido de las calles. Nadie los protegía del bandidaje que empezaba a controlar la vida urbana. Ninguna autoridad central atendía las solicitudes. Los funcionarios del estado pensaban sólo en cómo conservar sus puestos bajo el régimen que llegara al poder. Y entonces un grupo de hombres y de mujeres de profesiones muy variadas pusieron la base de una Policía Ciudadana. Tienen también su propio lema, que viene respaldado por una actitud adecuada y acciones concretas.

Nosotros, en Europa, tenemos a quien nos protege. Tenemos policías nacionales, gendarmes, servicios de inteligencia e información, servicios de espionaje y de contraespionaje, ejércitos. Tenemos la alianza más fuerte del mundo, la OTAN, pero resulta que no estamos suficientemente protegidos. ¿Por qué? ¿Existen realmente estas estructuras o están desaparecidas igual que la militzia de Lvov?
Los eslóganes, las manifestaciones y las muestras de solidaridad no bastan. Lo que hace falta es una preparación seria de todos nosotros. Nuestros gobiernos envían tropas a los estados islámicos, sí, algunos incluso los bombardean pero nosotros somos la retaguardia.  Tenemos que estar preparados para reaccionar ante casos de respuestas de venganza.  Tenemos que saber cómo tirarnos al suelo para dejar de ser un blanco fácil y, si es necesario, hemos de saber tumbar también a la persona que está a nuestro lado, menos preparada o acaso bloqueada por el pánico. Tenemos que aprender a mantener la calma, a usar un arma de fuego o a defendernos de un arma blanca.
Sí, claro. Como somos buenos y pacíficos, hemos abolido la mili obligatoria. Es bastante cara y nos parece demasiado dura para nuestros hijos. Sin embargo, a los niños musulmanes se les acostumbra a aguantar el dolor y el sufrimiento desde muy pequeños.  Por eso en nuestro mundo se deberían organizar cursos de autoprotección en colegios, universidades, empresas e instituciones.
En un artículo anterior me refería al incedio que se produjo en un club de Bucarest. Allí estaba un muchacho mejicano que  estudia en el colegio donde soy profesor. Se salvó de la asfixia y logró salir a tiempo a la calle porque en México le habían enseñado a cubrirse la cabeza con su cazadora. Todo niño japonés -por poner otro ejemplo- lleva en su mochila un estuche de emergencia. Me van a decir que en Europa no tenemos terremotos como los del Japón. Sí, eso es verdad. ¡Pero tenemos terroristas! El otro día en la televisión francesa una señora explicaba que la mejor terapia para superar la ansiedad y el miedo es no olvidar que la vida continúa y remató con la tontería de siempre, tan europea: dos cajas de cigarrillos diarias matan más que los accidentes de tráfico o el terrorismo.
En la desaparecida Unión Soviética teníamos clases de preparación militar. Nos enseñaban a montar y a desmontar un Kalash, a disparar con la pistola Makarov, a lanzar una granada. Hacíamos ejercicios tácticos en campamentos donde simulábamos combates, explosiones de proyectiles, ataques y defensas. Tal vez deberíamos pensar en algo parecido también en la Unión Europea. No creo que me equivoque al suponer que en este mismo momento cientos de jóvenes islamistas reciben instrucción específica para venir a matarnos.

A morir se educa. Sólo así se puede sobrevivir o, si nos toca, no morir cagados de miedo.

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