Shalamov y la alabanza del trabajo

-¿Cómo puedes dormir todo el día, padre? –preguntó a su padre, ciego, el joven Varlam Shalamov.

– ¡Tonto!, yo, cuando duermo, veo.

El escritor no olvidó nunca aquellas palabras. También para él, el sueño sería durante muchos años una bendición, significaría el fin de una jornada de horroroso trabajo en el Gulag.

El padre de Varlam, Tihon Shalamov, había sido sacerdote. Varlam calló su origen cuando ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad Estatal de Moscú. Un año y medio más tarde le expulsaron de la universidad por ser hijo de un clérigo. Ese había sido su primer encuentro con el régimen estalinista, todavía en ciernes.

Moscú era por aquel entonces una ciudad inhóspita. Varlam malvivía ganándose la vida de cualquier manera. Ni entonces ni después consiguió su sueño de publicar, de ser periodista y escritor. Sus poemas gustaban, impresionaban, fascinaban –”por fin algo potente, con auténtico talento, decían los editores”- pero no llegaban a publicarse. Varlam sufría.

En 1929 fue acusado de “trotskista” por intentar difundir el “Testamento de Lenin”, una carta en la cual el Jefe de la Revolución de Octubre destacaba los defectos de Stalin y criticaba sus inclinaciones autoritarias. Inmediatamente lo encarcelaron, lo juzgaron y lo condenaron a tres años de trabajos forzados en el campo de Vishersk, al norte de los Urales. Fueron tre años de cruel aprendizaje, de una progresiva e irreversible deshumanización, necesaria para adaptarse y sobrevivir. Luego pensaría que habían sido algo así como unas vacaciones, al compararlo con lo que de iba a venir después.

En 1931 obtiene la libertad, regresa a Moscú, se casa por amor –parece que las mujeres lo adoraban- y tiene una hija. Escribe. Es feliz. Pero el título de un poema intriga a su mujer. “El tenebroso Norte”.

– ¿Cómo sabes que el norte es tan tenebroso? –bromea ella.

Sus palabras dejan confuso a Varlam, que no sabe qué contestar. Conocerá este norte más tarde. A fondo. Pero, de momento, todo va bien. Celebran en familia la llegada del terrible año 1937, inicio de la Gran Purga. Su suegro le aconseja que ingrese en el Partido Comunista. Pero Varlam se había prometido a sí mismo, hacía ya mucho tiempo, no formar parte de ningún grupo, ir solo por la vida.

Las autoridades vuelven a estudiar su caso y consideran que los tres años pasados en el campo de Vishersk no habían sido suficientes, así que vuelven a encarcelarlo. Su mujer y su hija son deportadas: son culpables de ser esposa e hija de un enemigo del pueblo. Shalamov emprende el viaje rumbo al Tenebroso Norte. En uno de sus cuentos, un preso lo describía así: “Es una especie de libertad, un viaje pagado por el Estado pero con una estancia en el infierno”.

La humanidad se descubre ante Shalamov en su más horrible desnudez, llagada y purulenta. Y aprende mucho, muchísimo: que el hombre no es generoso; que por los crímenes no se castiga; que puedes matar y seguir viviendo; que puedes mentir y seguir viviendo; que te pueden apuñalar por un jersey o pegarte un tiro porque tu cara no gusta; que tu pellejo vale menos que el pellejo de un perro, pero puede ser bueno para un par de guantes; que los refranes aquí no funcionan; que sólo del pan puede vivir el hombre; que en la necesidad se conoce al buen amigo si la necesidad no es demasiado grande;  que al hambriento se le pueden perdonar muchos pecados; que ser culto, saber contar novelas de Alejandro Dumas, Victor Hugo y Bram Stoker de pronto te puede conseguir el aprecio de los que imponen sus leyes en el campo; que por un relato bien contado te pueden ofrecer protección y alimentos; que el invierno en la Taiga siberiana es eterno, como la muerte y el verano efímero, como la vida; que no hay sol; que escabullirse del trabajo es de listos; ensalzarlo, de fariseos y odiarlo, de esclavos; que el hombre es más resistente que las bestias porque el hombre alberga esperanzas; que el trabajo es tan malo como cualquier tormento y que en la vejez tendrás tantos días sin dolor como días hayas conseguido burlarlo cuando eras joven; que se puede ser artista de la pala o de la carretilla; que no hay héroes; que los principales motivos de alegría de los hombres son dos: que a alguien le esté pasando algo malo y que ese alguien no sea yo; que en los entierros nadie llora; que, para sobrevivir, primero hay que dejar de amar al prójimo, después, dejar de odiarlo y, por último, dejar de pensar también en ti, eso también cansa y agota la energía; que cualquier mujer se cree hermosa si está bien alimentada y bien vestida.

Después de 14 años en Kolymá, Varlam regresa. Su mujer lo recibe en el andén. El encuentro es emocionante. Aunque la mujer tuvo que divorciarse de su marido, lo ha seguido queriendo. Sin embargo su hija ha renegado de él.

Pero Varlam ya no sufre. Entiende la situación y se va. Necesita soledad. Empieza a trabajar en una fábrica en una ciudad pequeña. Tiene derecho a una habitación en una residencia de obreros. Es un cuartucho con una cama, una mesa, una silla y un armario lo que le hace falta. Allí empieza a escribir un día los “Relatos de Kolymá”. Se limita a contar, sin lamentarse y sin juzgar a nadie. Sólo quiere que todos conozcan el horror que han creado “esos canallas”. Dando nombres y apellidos. Como si quisiera decirnos: “quien necesita muchas palabras para describir el sufrimiento, es que no ha sufrido”. Su documento es la memoria. Al principio temía quedarse sin palabras, como les ocurre a muchos escritores espantados ante el papel en blanco; temía que su memoria le fallara. Sabía que su cerebro se había quedado seco y pequeño debido a la privación prolongada de alimentos. Pero a la memoria no le venían palabras, sino hechos que se escribían solos.

Su estilo es el de un escritor que ya no descubre nada con la palabra, que sólo describe. Es el estilo de un hombre que murió muchas veces y a quien, después de cada muerte, le fueron quedando cada vez menos ilusiones, deseos y sueños, hasta que estos desaparecieron por completo. Venció uno a uno todos los miedos que le atormentaban como hombre y como escritor, incluido el miedo de que su obra nunca fuera publicada. Los editores rechazaron el manuscrito precisamente porque le faltaba ese entusiasmo trabajador, que juzgaban tan necesario para elevar la moral de los ciudadanos soviéticos.

El único miedo que no logró vencer nunca fue el miedo a quedarse sin comida, y por eso la seguía escondiendo bajo la almohada. Y nunca cerró la ventana de su cuartito, ni siquiera cuando estaban a veinte grados bajo cero, porque se ahogaba: en Kolymá, cuando estaban a cincuenta bajo cero y la saliva que escupían se helaba en el aire, ellos trabajaban.

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