Stalin, el cinéfilo cachondo

 imagen: www.duel.ru
 
A las 5 de la tarde en una sala del Kremlin todo estaba preparado para que Stalin  – siempre muy riguroso y puntual- , y sus colaboradores pudieran ver la película.
Pero el dictador no venía a divertirse, sino a crear su propia versión de lo que veía. “Una intromisión tras la cual sólo quedaban restos de lo que yo había querido hacer, transformando la obra en algo que ya no era mío”, comentó uno de los directores de mayor talento de la época a quien Stalin trató al principio paternalmente, para poder destruirlo luego con manifiesta alevosía. El paso previo a la eliminación era una inocente puñalada bajo la forma de una reseña “no muy favorable” en uno de los diarios de propaganda.

Stalin casi siempre prefería no saber nada del destino de la víctima; si dejaba de existir para él, dejaba de existir para el resto de los mortales. Pequeños grandes dramas que se consumían en el más absoluto silencio en el seno de las familias. Los más fuertes conseguían reponerse regresando al trabajo duro de la fábrica. Tal fue el caso del guionista Alexandr Avdeenko. Su hijo cuenta emocionado su historia.
– Déjalo que se vaya –aconsejó a su padre, que no podía dejar de odiar al dictador ni siquiera después de su muerte.
– Sí. Es un buen consejo –admitió- pero no puedo. Me arruinó la vida, mató mis ilusiones, mis sueños. He convivido con él y así moriré.
Otro método que utilizaba el dictador era humillar al sacrificado de turno: Stalin lo ponía en ridículo delante de todos, dándole a entender que podía ir pensando en pegarse un tiro. Y, de hecho, muchos eligieron la bala. Así procedió con uno de sus compañeros más próximos de la clandestinidad revolucionaria que, también por orden suya, dirigió durante años la industria cinematográfica soviética. Stalin invitó a Boris Shumeatski al Kremlin, a celebrar el Año Nuevo. A sabiendas de que Boris no bebía ni gota de alcohol, algo muy raro para un ruso, le invitó a tomar una copa con todo el mundo.

– Pero tú sabes, Koba, que no bebo –se negó disculpándose.
– ¿No bebes? –le dijo Stalin con ese tono afable y amistoso que siempre utilizaba-. ¿Es que no te lo han enseñado todavía? ¿A tantos hemos educado y a ti no?
Ese inofensivo cachondeo puso fin a la carrera de Shumeatski.
También gustaba Stalin de gastar bromitas aparentemente inocentes. Cierto día se presentó de repente en un estudio de cine, durante la filmación, a ver cómo iban las cosas. Se rumoreaba una discreta debilidad por la actriz Liubovi Orlova.
– ¿Cómo tratan ustedes a la favorita del pueblo? –preguntó al director de la película-. Si algo le ocurre, le tendremos que ahorcar.
– ¿Por qué, camarada Stalin?
– Por el cuello, amigo mío, por el cuello.
En la última etapa de su vida, Stalin, enfermo y visiblemente cansado, fue perdiendo el interés por el cine nacional que, siguiendo sus directrices, sólo producía películas sosas y sin sentimiento. Stalin no trataba de esconder, por el contrario, su gusto por las producciones norteamericanas. ¿Acaso las encontraba perfectas, alegres, llenas de vida? Un joven Paul Newman que apenas empezaba su carrera, una hermosa Greta Garbo que brillaba con una luz inasequible. ¿Era tosco el entorno que le rodeaba y que él mismo había creado como un verdadero maestro de lo horrible?
Muchos se preguntaron qué estaría pensando ese gran tirano, viejo y debilitado físicamente, mientras visionaba una y otra vez la única película soviética que realmente le gustó, “El Circo”, con Liubovi Orlova y Solomon Mikhoels, a quien había hecho ejecutar varios años atrás. Tal vez considerara la vida como una gran película en la que podía intervenir con un poder absoluto para quitar actores, cambiar papeles o simplemente cargarse todo el guión. Sí. Todo eso fue lo que realmente hizo, añadiendo a ello maldad, perfidia y burla hacia quienes, por razones que sólo él sabía, decidía castigar.
(Según el documental ruso: “Cómo Stalin hacía peliculas”)

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