La guerra tiene la cara oculta

Las guerras tienen la cara oculta. Pocos admiten haberlas provocado pero todos, sin excepción alguna, quieren ganarlas. Un viaje a Moldavia, brevísimo como el aleteo de un segundo en la extensión de un día –así son, según mi madre todas las visitas que hago para verla a ella y a mi padre desde que me fui de casa- me bastó para enterarme de lo que los periódicos ya no escriben ni las televisiones  muestran: mientras Berlín, Bruselas, París, Londres y otras ciudades europeas se engalanaban para celebrar las Navidades, en Ukrania se hablaba de la urgencia de una movililización general, pero no para recibir a Papá Noel sino para luchar contra las tropas rusas.

Transitando por el mismo camino -de Iaşi a Bălţi- que llevo recorriendo más de 20 años, no pude evitar hacerme la pregunta que me hago siempre: ¿Cómo es que no somos capaces de hacer nada sin la ayuda de Europa? ¿Significa eso, tal vez, que somos realmente inferiores, que no podemos progresar con nuestro propio esfuerzo? La carretera que va de la frontera rumana hasta la ciudad moldava de Bălţi está tan estropeado que el coche de Valeriu, un Renault en buen estado, lanzaba una maldición sonora, y en francés, cada vez que sus ruedas golpeaban ruidosamente el fondo de un bache.

Bălţi es una ciudad estancada en la época soviética pero con supermercados y salones de belleza de corte capitalista. (En ella he situado parte de la acción de La ruleta chechena). Al entrar en ella, por un momento me la imaginé bombardeada, con esqueletos de bloques humeantes y sombras humanas buscando entre los escombros sus propios restos, de cuando aún estaban vivos. No diferiría mucho de Dombas o de Donetsk, o de otras poblaciones de la maltratada Ukrania que actualmente se hallan en ruinas. A las garras de la guerra no les costaría nada alcanzarnos: las pisadas del macizo oso ruso forman cráteres con bordes muy frágiles. El invierno que hemos tenido hasta ahora ha sido blando, con temperaturas bastante suaves y sin violentas caídas de nieve, pero aún quedan enero y febrero y todo se andará, supongo. Según los antojos de Vladimir Putin, que es quien regula el clima en la zona.

Cuando empezó lo de Maidan, el entusiasmo era general, tanto en Ukrania como en  Occidente. Ahora ya casi se ha dejado de tocar el asunto o al menos no se habla tanto como hace unos meses. ¿Es Ukrania el juguete estropeado que ya no despierta tanta curiosidad o, tal vez,  su destino ya está sellado y la sola mención de su nombre aburre?

Con mis padres estuve día y medio. Los encontré viejecitos pero alegres de verme aunque el corazón del viejo, 70 años recién cumplidos, se desboca a menudo a un galope loco como si tuviera prisa por llegar a alguna parte. El tiempo fue corto, con bastantes copas que aceleraron su avance y no pudimos hablar de ninguna amenaza. Sin embargo, al salir a la amplia terraza para airearme un poco imaginé la casa bombardeada y a mi madre -¿por qué a ella?, tal vez porque las madres siempre sobreviven en el sueño de sus hijos- de pie, con el rostro seco y mirando…¿Hacia dónde? Aún no lo he podido descifrar pero creo que hacia el origen del desastre que siempre buscamos con la mirada perdida

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