Simplemente imbécil

Imagini pentru maleducados en clase, fotos

imagen: http://oculimundi.blogspot.ro

De los niños de hoy se suele decir que son mucho más inteligentes que los niños de antes. Más inteligentes que sus padres, vamos, que sus abuelos, que sus bisabuelos y que todos nuestros antepasados de miles y miles de años atrás. ¿Y por qué serán más inteligentes? Pues, porque saben contestar rápida y correctamente ciertas preguntas del test estandartizado del Coeficiente Intelectual. CI en forma abreviada.

Padres y madres se quedan embobados de felicidad cuando se les dice que tienen en casa un pequeño genio. Y a partir de entonces la vida experimenta un vuelco radical. Se hace todo lo posible para que esta genialidad no se estropee ni un ápice. ¿Cómo? Muy sencillo; el padre, la madre, los abuelos, toda la familia en su conjunto se vuelven a la fuerza cada día más estúpidos para que el genio no pierda ni gota de confianza en sus cualidades de genio. Y si tú como profesor te atreves a llamarle la atención al pequeño granuja cuando este, en mitad de la clase, se tira un pedo sonoro sólo porque cree que sus pedos huelen genial y luego rompe a reír en plan cerdo, echando a perder todo el ambiente de aprendizaje que a duras penas has conseguido obtener, prepárate para las represalias que los miembros del clan, los psicólogos, los especialistas en mentes infantiles, los defensores del menor o a saber quién más van a tomar contra ti.

¿Y en qué categoría metemos a los demás, quince o veinte, niños más o menos normales que por culpa del genio se han perdido otra vez la clase, a ver? Porque volver a crear otro ambiente de aprendizaje cuesta, oigan. ¿Qué les diremos a sus padres que cada día tienen que oír quejas sobre genios tarados que molestan a sus hijos sólo porque así lo desean?

Actualmente todo descarado tiene su ONG, su psicólogo, su especialista. Su número ha crecido en proporción al empeño evidente de la sociedad en protegerlos. Cada uno tiene su correspondiente personal especializado en su propia patología, y se evita hábilmente, y mediante rodeos lingüísticos, llamarlos por sus nombres más populares; maleducado, sinvergüenza o simplemente imbécil

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