Mierda con levadura

En “El padrino”, cuando Michael Corleone tiene que matar en el restaurante al poli corrupto y a un mafioso, uno del clan sugirió ocultar el arma en el retrete, detrás de la cisterna, de esas antiguas, con cadenilla. En la sala de cine todos estallaron en carcajadas. Era hacia 1991 cuando en la Unión Soviética las películas sobre mafiosos estaban muy de moda, sobre todo “El Padrino” y “Erase una vez en América”.

¿Pero por qué se rieron todos los espectadores? Muy sencillo. En 1991 –recuerden que la acción de la saga de los Corleone se desarrolla en los años cuarenta del pasado siglo- todos los retretes soviéticos tenían cisterna y cadenilla.

El comunismo soviético nunca se preocupó por el confort de sus ciudadanos. El retrete soviético siempre fue maloliente, asqueroso y miserable. ¿Cagar dignamente? ¡Qué broma! Se caga y punto. Donde y como sea. Nos habían ido acostumbrando a que vivir limpia y cómodamente era condenable, residuo de la rancia burguesía que había que eliminar.

En el asqueroso y maloliente retrete de la facultad solíamos fumar en los recreos. Educados por un sistema con valores serios, no notábamos nada raro aunque el tufo nos hiciera tener lágrimas en los ojos. Y entonces un compañero de un curso inferior nos contó que la escuela de su pueblo carecía de baño. De hecho ninguna escuela de pueblo disponía de lavabo dentro del edificio. Tampoco hoy, más de veinte años después de que el régimen soviético se viniera estrepitosamente abajo, las cosas han cambiado mucho. Para hacer sus necesidades los alumnos tenían que salir al exterrior, subir una colina suave y entrar en una casita de madera dividida en dos partes, una para cada sexo.

Un día soleado y caluroso de finales de primavera, a un compañero, cuya madre trabajaba en la panadería, se le ocurrió traer de casa una bolsa enorme de levadura y tirarla toda sobre el montón de mierda que se había ido acumulando a lo largo de años y años de régimen comunista.

Con el calor aquello empezó a fermentar y, como había tanto, pronto empezó a salir por los agujeros por donde había entrado pero no poco a poco, sino de prisa y a borbotones. ¡La mierda había reventado! La ola se iba haciendo tan grande que la escuela corría el peligro de quedar anegada si no se amontonaban rápidamente tablones para detener su implacable avance.

Esto ocurría en 1984, dos años antes de que Gorbachov nos empezara a encandilar a todos con el cuento de Perestroika y Glasnosti.

Al alumno le bajaron la nota y nosotros nos reímos mucho con la historia.

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