Maestro, tú a lo tuyo

En China, en Japón y en Corea a los niños se les dice la verdad: “Preparaos que la vida es dura”. Y se los educa en consecuencia. Cuando vayas al médico, te va a doler, y el crío, que no es nada tonto, se va preparando mentalmente para el sufrimiento que le espera tras la puerta del consultorio. Algunos incluso se llenan de valentía y te dicen al final, tan felices: Papá, no me ha dolido nada. Y tú piensas, satisfecho, que la primera, aunque pequeña batalla, al miedo ya la ha ganado. Si se lo ocultas, te va a increpar, histérico: ¡Me has dicho que no me va a doler y mira! Has perdido ya un poco de su confianza en ti, y para él empiezas a tener algo de adulto gilipollas.

En Europa, Estados Unidos, Canadá y en otras partes civilizadas del globo terrestre, la tendencia es poner a los educandos maestros blandos, monitores simpáticos, profes majos que hagan de todo menos enseñar, instruir, mostrar el camino a seguir en la vida. Para eso existen ya –agárrense bien- expertos en educación, psicólogos, abogados u otros oficios de traje y corbata que antes de abrir la boca colocan con aplomo en una mesa maciza sus carpetas con leyes, normas y reglas. Maestro, tú no te metas, dedícate a lo tuyo y lo tuyo es no gritar, no señalar con el dedo, no corregir –ahí sí que la cagas si te atreves-, no fastidiar.

Pero estos peques que han sido tratados con tanto cariño, cuando llegan a adultos y empiezan a trabajar, encuentran jefes despóticos y perversos que les gritan, los señalan con el dedo, los discriminan o los echan a patadas por incompetentes, blandos e inservibles.

Vi en televisión un reportaje sobre la visita a un instituto español de un grupo de alumnos chinos. Sentados correctamente, muy disciplinados –término caído en desgracia por esas tierras nuestras- los estudiantes del país de Mao estaban siempre pendientes de las instrucciones de la monitora, muy mona, que les habían asignado. Cuando la chica hacía una pausa, salía un rato o simplemente dejaba de hablar un momento, los jóvenes asiáticos se miraban entre sí con una expresión de ligero desconcierto en los rostros:  ¿Y ahora qué sigue? ¿Hacemos algo o nos van a tener aquí sentados, cruzados de brazos?

Para los alumnos chinos, japoneses y coreanos, el maestro sigue siendo maestro, con todos los atributos que esas sociedades les han otorgado: enseñar, disciplinar, corregir, abrirles las puertas del conocimiento. Que no les extrañe luego, señores, que sean ellos quienes ganen medallas en concursos internacionales de matemáticas, física o química, con la casi segura perspectiva de conseguir en el futuro puestos de trabajo bien remunerados en empresas europeas o estadounidenses, donde no contratarán a nativos que en sus años de aprendizaje fueron tratados con misericordia por sus comprensivos maestros.

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