Halep contra Sharapova

Me acuerdo muy bien de aquel día 7 de junio de 2014. No aguanté la tensión y bajo el pretexto de ir a comprar no sé qué salí de casa. La calle estaba casi vacía. Me imaginé que todos mis conciudadanos vibraban de emoción viendo la Final de Roland Garros entre nuestra Simona Halep  y la rusa María Sharapova.

Duelo entre David y Goliat, ni más ni menos; 1 metro 88 la rusa y 1 con 68 la rumana. Un apellido en el tenis mundial ya forjado y un nombre recién llegado y casi desconocido. Aullando como una loba en cada golpe que daba, la rusa y sólo respirando con fatiga, la rumana.

Desde un bar oí gritos de júbilo; la pequeñaja rumana hacía maravillas en el muy reñido segundo set.

En el supermercado me paré delante de una pantalla grande de televisor. Había otros que sufrían igual que yo. Simona peleó hasta el último cada pelotazo que la rusa le enviaba con una fuerza descomunal y con la rabia de acabar de una vez aquel suplicio al que la sometió su enana y no demasiado conocida rival. El final ya lo conocen. Con el trofeo se hizo la rusa, alzándolo bien alto para que se viera. En cuanto a Simona, en mi opinión no se quedó sólo con la satisfacción de haber jugado una final de Torneo de Roland Garros sino de haberla jugado bien, con cálculo y valor propios de campeones en ciernes.

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