¡Feliz eternidad, pequeño!

eternidad

Fotografía: lomejorenlibros

A veces la culpa de una sola muerte parece tenerla toda la humanidad. Ocurre cuando muere un niño. Hace poco murió un niño del colegio donde soy profesor: se cayó de la rama de un árbol, en el parque.

Una muerte estúpida, como se suele decir en estos casos.

La muerte lo ha cogido entre sus brazos y se lo ha llevado. Me la imagino corriendo por el mundo con los brazos abiertos, llevándose a quien cae en sus garras. Da la sensación de que no sea ella la que te atrapa sino que somos nosotros los que corremos a su encuentro. Y te estremeces ante una terrible hipótesis: ¡Tal vez todo forme parte de una conspiración! Si ese día el niño hubiera hecho otra cosa, si no hubiera ido al parque, si no se hubiera subido al árbol… ¡Si no se hubiese plantado allí ese maldito árbol que ahora parece tener la culpa de todo!

No me extrañaría ver a la madre regresar una y otra vez al lugar donde murió su hijo, intentando buscar respuestas. ¿Respuestas a qué? Porque la muerte no se puede comprender, como no podemos comprender ese cosmos en el cual nos desplomamos para compartirlo con todos quienes ya no existen. Con Beethoven, Cervantes y Shakespeare, por ejemplo. O con los hermanos Grimm y Andersen. O con algún dinosaurio especialmente fabuloso que, despojado ya de su materia agresiva, no tiene por qué comerse a nadie. Allí debe haber de todo: quien te cante, quien te cuente cuentos, a quien montar para cabalgar a la velocidad del viento. ¡Feliz eternidad, pequeño!

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